Leonardo Sciascia y su verdad incómoda

  • Han pasado más de 20 años. Mafia y antimafia siguen siendo asuntos prósperos. Y la verdad incómoda de Leonardo Sciascia se ha visto refrendada por el tiempo. Hoy no solamente Leoluca Orlando y la viuda de Borsellino le dan la razón sino que el mafioso Totto Riina resolvió abrir la boca después de 17 años. En su versión el atentado se decidió en Milán entre políticos y hombres de negocios, entre los cuales habría estado presente el incombustible Silvio Berlusconi.

Un perfil de Leonardo Sciascia: El hombre que entendió a la mafia. Por Sylvina Walger

El 20 de noviembre de 1989 moría a los 68 años el escritor Leonardo Sciascia. Nacido en Racalmuto, Italia, en 1921. Una aldea de 13 mil habitantes (a la que Sciascia atribuía un origen árabe: Rahal Maut, Aldea Muerta) ubicada en la provincia de Agrigento, en Sicilia. Nació en una isla bella y severa, ajena al progreso, martirizada por la historia y la mafia. Despreciada por el mundo. Su vida transcurrió entre Racalmuto y Palermo. Su padre era un oficinista que trabajaba en las minas de azufre. Eso era Racalmuto: azufre y algún muerto a tiros en la calle todos los días. Militante comunista en sus comienzos.
A los intelectuales los encontraba un poco cortesanos, un tanto conformistas, que casi siempre están con el poder. Para Sciascia un intelectual debe mantener la vocación de estar siempre en la oposición. La democracia, sostenía, no es impotente para combatir a la mafia. O mejor: nada hay en su sistema que necesariamente la conduzca a imponerle una convivencia con la mafia. Por el contrario, tiene entre manos el instrumento que la tiranía no tiene: el derecho, la ley igual para todos, la balanza de la justicia.

Estaba convencido de que el Estado italiano jamás acabaría con la mafia. Porque está en el corazón mismo de la familia italiana que incluye, como escribe Claude Ambroise, la presencia de la madre fálica, dominante en la sociedad mediterránea.

Cuando se decidió a ser escritor optó, más que por abandonarse a la pura invención literaria, por dirigirse a los archivos y rescatar historias olvidadas. Así nació Porte aperte, la historia de una especie de patovica musoliniano condenado a muerte por un asesinato. El juez, que no cree en la pena de muerte, no lo ejecuta y Sciascia escribe: “Ni la humanidad ni la ley deben responder al asesinato con otro asesinato”.

Pero la mafia fue el eje de sus preocupaciones italianas. Sus libros sobre ese fenómeno tienen hoy el valor de una enciclopedia sobre el tema. Lo mismo ocurre con la violencia y el asesinato de Aldo Moro. En El caso Moro Sciascia resuelve el asesinato a través de las cartas que Moro enviaba y que los diarios publicaban. Su riguroso y minucioso análisis compromete a la clase política italiana. De cómo comunistas y demócratas cristianos se unen para dejarlo morir.

Su Sicilia como metáfora –algo que también hace con El día de la lechuza y A cada cual lo suyo– pasó a ser una metáfora duradera, una indagación acerca de una cierta forma de ejercer el poder.

El mundo siciliano de Sciascia es un mundo católico. Los curas pululan en sus páginas. Es el caso de El archivo de Egipto, novela que cuesta separar de El nombre de la rosa. Los clérigos “sciascianos” nunca son unívocos o repetitivos. Muy por el contrario, los hay de las layas. Y como suele ocurrir en sus relatos, la corrupción y el asesinato ocurren en el corazón mismo de la elite católica.

Otra arista del poder de la mafia que Sciascia investiga es lo que llama “el poder de la familia”. El poder se legitima entre los lazos familiares. Desde ellos se hace posible la resistencia al abuso pero a cambio, muchas veces, de un alto precio individual. La familia siciliana en sus ficciones es totalitaria. Sus miembros se deben al todo. Son intercambiables.

Un periodista le preguntó una vez a Sciascia qué quería decir cuando hablaba de “sicilianización”. Algo que ahora podría traducirse como globalización del crimen o “era de la criminalidad”, contestó el escritor. “Soy más bien un escritor italiano que conoce bien la realidad de Sicilia y que está convencido de que esta isla ofrece una síntesis de problemas y contradicciones que bien podrían constituir una metáfora del mundo moderno”. Es que para Sciascia la “sicilianización” significaba una pérdida progresiva del valor de las ideas, ante el surgimiento arrollador de los intereses particulares. “Ya no se gobierna en función del bien común sino a favor de ciertos grupos”.

Para un siciliano la familia es el Estado. Se atienden las ligas consanguíneas para iniciarse como “un hombre de honor”; por ello, en el seno de la Cosa Nostra, al candidato lo tiene que traer un familiar directo, tío o abuelo.

La mafia es una amistad, un modo de ser y de pensar. Una mentalidad. Y se ha expandido por todo el mundo, como un estilo de gobernar y hacer política. Comenzó hacia la mitad del siglo XIX (época que más o menos coincide con el nacimiento de Italia como nación) como un fenómeno rural, como una especie de rebelión solapada contra los detestados Borbones que dominaban la isla. La mafia apareció entonces como un sistema de justicia informal donde el capo mafioso era el equivalente del juez de paz.

Sciascia fue una de las conciencias más sólidas de Italia. Su carácter insobornable fue el emblema de su independencia, que molestó a unos y a otros, y fue el origen también de su prestigio, como intelectual y como político. Valga como anécdota que el escritor se suicidó socialmente el 10 de enero de 1987 cuando se empeñó en publicar en el Corriere della Sera un ríspido artículo que daba por tierra con el pensamiento políticamente correcto. Sabía que las verdades inmutables son inmutables, al menos mientras duran. Sabía que es inútil andarse con matices frente a quienes poseen la verdad, la razón y el respaldo poderoso de la Historia (o de Dios, depende del bando). Y conocía la ignorancia general sobre la mafia, un fenómeno de gran utilidad para numerosas generaciones de políticos italianos.

Pero Sciascia publicó su artículo “Los profesionales de la antimafia”, y acusó a los políticos y jueces más venerados del momento, como Leoluca Orlando, alcalde de Palermo, y Paolo Borsellino, magistrado, asesinado años después por la mafia, de utilizar una causa noble, el renacimiento moral de Sicilia, para beneficio de sus carreras. La lucha contra la mafia, decía Sciascia, había dejado de ser un fin y era sólo un medio para alcanzar prestigio, fortuna y posiciones de poder (una historia que no suena desconocida).

El mundo se le echó encima. Dicen que no le importó. Estaba ya muy enfermo. Dedicaba su tiempo a fantasear sobre la muerte y, en términos más concretos, sobre su epitafio. Buscaba algo “menos personal” y “más ameno” que las frases habituales. Lo encontró en un texto de Auguste Villiers de L’Isle-Adam, uno de sus amados franceses decimonónicos, legitimista, reaccionario, simbolista, asombrosamente moderno. “Ce ne ricorderemo di questo planeta” (Nos acordaremos de este planeta). Ése es el epitafio sobre la tumba de Sciascia.

Suele decirse que la primera víctima de la guerra es la verdad. Algo similar ocurre con el terrorismo, la mafia o las emergencias planetarias. La duda no debe ofender. La verdad, tampoco. El fanatismo, sí. Mucho.

Han pasado más de 20 años. Mafia y antimafia siguen siendo asuntos prósperos. Y la verdad incómoda de Leonardo Sciascia se ha visto refrendada por el tiempo. Hoy no solamente Leoluca Orlando y la viuda de Borsellino le dan la razón sino que el mafioso Totto Riina resolvió abrir la boca después de 17 años. En su versión el atentado se decidió en Milán entre políticos y hombres de negocios, entre los cuales habría estado presente el incombustible Silvio Berlusconi.

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8 thoughts on “Leonardo Sciascia y su verdad incómoda

  1. Cuando oigo hablar de Italia, de la Mafia y de Berlusconi me pongo malo. No porque me preocupe mucho lo que pasa en Italia, aunque algo me preocupa, sino porque veo que en España vamos con una deriva similar.

  2. Sciascia lo vio antes que nadie: sicilianización, ese fenómeno local ahora (quizás siempre) globalizado. Y también lo de las causas justas utilizadas interesadamente con fines personales, como la promoción de carreras judiciales, por ejemplo… Lo vio antes que nadie y tuvo el coraje de explicarlo. Interesante y gran artículo. Gracias por dejarlo aquí.

  3. “estamoooos aquiiiií”, que dirían los fantasmitas de la tele en Poltergeist…
    la mafia mueve al mundo desde hace bastante tiempo, y si no se lo preguntan a Coppola.
    Sylvina Walger, argentina, ex mujer del poderoso periodista Lanata, me entrevistó por la tele, allá por 1993, en mi último viaje a Buenos Aires. Muy agradable y comunicativa, creo que es mejor en la entrevista directa que en el periodismo escrito.

    1. El suyo es un estupendo ensayo sobre la era de la crmininalidad que estamos viviendo: la sicilianización del mundo. Nunca como en nuestros días el crimen organizado hab{ia tenido tal profusión, tanto poder financiero y tanta capacidad de fuego. En gran parte, gracias a las tecoinologías de la comunicación: el internet y el telefonino, instrumentos que antes eran un secreto militar del ejército de Estados Unidos y que también sirven para el lavado internacional del dinero sucioi y a favor de la economía criminal.
      Hay algo de esto en mi libro “La memoria de Sciascia”, Fondo de Cultura Económica”, México, 1989.

      Federico Campbell

  4. Monste, lo has definido a la perfección. Así es.

    Dana, cuando vuelvo de Italia lo hago más bien descolocada. Demasiado.

    Dante,qué lujo ser entrevistado por alguien que me parece muy buena profesional. Me lo tienes que contar más en detalle. Impresionada me dejas. Qué lujo tenerte por aquí.

    Besos,

    Marta

  5. Sin embargo, el cine apostó por Mario Puzo y, a pesar del excelentísimo resultado, en algo se equivocó: contribuyó a glorificar, al menos para el gran público, todo un cesto de manzanas podridas.
    Besos.

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