Conciertos de Zaz para este verano

Zaz vendrá a España este verano. Donosti, Madrid y Barcelona. Una pena que Zaragoza quede fuera. Adoro la voz de esta cantante.

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Y aquí en directo

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La piel de los días

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En Vietnam nos gustaba ponerle a los lunes la piel de los sábados, hasta que nos detuvieron por traficantes de días y nos aplicaron la ley de los calendarios invisibles.

Kansuke Yamamoto.  Noto, 1955
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Fotografía de Kansuke Yamamoto.
Del libro “Vietnam bajo la cama”.  Amargord editorial

El 23 de abril empieza la andadura de “Vietnam bajo la cama”

El 23 de abril estaré firmando en el Paseo de Independencia, en la mesa de La Pantera Rossa, mi nuevo libro “Vietnam bajo la cama”, editorial Amargord. Y de alguna forma también estarán conmigo aquellos que habitan el poemario. Desde los fantasmas de Marsh Library, pasando por Guerrilla Girls, los derviches giróvagos, los hoteles que abren sus puertas con sonetos, los animales y sus derechos, las privatizaciones peperas que vamos a derrotar, los bosques de la infancia, los recuerdos de Vietnam, el sastre de las palabras y mucho más. Si estáis por la ciudad y os apetece, estaré por la mañana a partir de las 11:15. (Esquina Plaza España, acera de los impares, antiguo mafiamacdonalds)
http://libreriasdezaragoza.com/…/dia-del-libro-2015-firmas-…

LA PANTERA ROSSA

María Sol Arqued Ribes y María Graziano, Arriba las manos, Alfabeto ilustrado en lengua de signos Española
Marta Navarro García, Vietnam bajo la cama

Listado de librerías que estarán en el Paseo de la Independencia de Zaragoza el 23 de abril de 2015 celebrando el Día del Libro, y los autores que les acompañan.
libreriasdezaragoza.com

El hombre que cambió América, de Kepa Tamames

Precioso artículo, cuento del periodista Kepa Tamames para El Caballo de Nietzsche. Os lo recomiendo. Es una maravilla.Publicado aquí.

Conmovido por su experiencia con Lobo, Ernest Thompson Seton (1860-1946) abandonó la caza mercenaria para  convertirse en firme defendor de la Naturaleza y de los animales

Corre la última década del siglo XIX en la vieja América de la conquista agrícola y ganadera. La caza de búfalos y otras especies se extiende por doquier, y se ha convertido de hecho en una práctica obsesiva y criminal. Ello priva de alimento a los lobos; a ellos, legítimos y ancestrales moradores de aquellas vastas tierras.

Lobo es el líder de una manada que ataca al ganado para sobrevivir, atemorizando a los colonos de Nuevo México, quienes, como buenos creyentes católicos, se ven a sí mismos como dueños y señores de todo cuanto pisan, que para eso Dios dejó claro, negro sobre blanco, que nos cede en usufructo vitalicio todo Su Santo Monte.

La historia de Lobo es también la historia de Ernest Thompson Seton, cazador profesional de origen inglés. Contratado por un puñado de dólares, se dirige al desierto con el único fin de acabar con Lobo. El experto mercenario rastrea sus huellas, le coloca toda suerte de cepos y comida envenenada, pero el animal demuestra una sorprendente habilidad para sortear los engaños mortíferos que coloca Ernest a su paso.

El “enfrentamiento” entre ambos dura meses. No pasa mucho tiempo antes de que el cazador observe que las huellas de Lobo siguen a otras algo más pequeñas. Es una hembra, su compañera, a la que bautiza como Blanca. Es época de celo, y ambos son en ese momento pareja de hecho. Es entonces cuando en la mente del cazador germina una brillante idea: si no puede capturar directamente a Lobo, atrapará a su novia. Elige un estrecho cañón por donde sabe que suelen pasar ambos, y coloca un suculento cebo: el esqueleto de una vaca. Al día siguiente, Seton descubre con alborozo el éxito de su estrategia: Blanca ha caído y se retuerce intentando huir de la mandíbula de acero. Lobo permanece a su lado, como el fiel partenaire que es. Al vislumbrar al hombre, no le queda otra alternativa que huir para salvar su vida. Seton mata a Blanca de un disparo.

El cazador apenas puede pegar ojo durante esa noche, desvelado por los desgarradores aullidos de Lobo llamando a Blanca. Pero el objetivo final del cazador sigue intacto. Durante los siguientes días, Lobo merodea su cabaña, en la creencia de que él la mantiene cautiva. Seton coloca entonces alrededor numerosas trampas impregnadas del olor de Blanca. Al amanecer descubre que algunos de los cepos han desaparecido, y que allí ha estado Lobo. Sigue el rastro, y descubre a su viejo enemigo inmovilizado en el suelo con una trampa en cada pata. En apenas unos segundos arma el guión en su cabeza: Lobo, en su incursión nocturna, fue cayendo en cada una de los cepos, que olían a su añorada compañera.

Algo oprime entonces el pecho del cazador –con toda seguridad, eso que desde antiguo llamamos remordimiento–. El objetivo de los últimos meses se encuentra allí, a unos escasos metros, a su completa merced, abatido de dolor, aunque no acertaría a asegurar en ese preciso momento si es mayor el que le ocasionan los artilugios metálicos o el recuerdo de Blanca. Desde el principio tuvo claro que disfrutaría sobremanera ante un Lobo derrotado. Pero algo no funciona según lo previsto por su protocolo emocional. Lejos de percibir ante sus ojos a un asesino despiadado, observa a un animal leal y tocado por el afecto, un ser que fue capaz de permanecer al lado de su amada y de acercarse a la cabaña de un humano esperando recuperarla.

Para seguir leyendo, pinchad aquí.

En las fotos de Seton aparecen los reales protagonistas de esta poderosa historia. Fueron tomadas por el propio cazador poco antes de que su corazón se transformara definitivamente y lo modelase hasta convertirlo en un verdadero ser humano.

Un brindis por la República

Mis abuelos y mi padre vivían felizmente en Francia. Tenían una hermosa casa con jardín,  árboles frutales y un  huerto que abastecía a la familia y a los amigos, casi todos aragoneses. El abuelo y los tíos trabajaban en una fábrica y mi padre acudía a una escuela amplia y luminosa, así la recordaba él. Todo era perfecto, casi perfecto, porque vivir fuera de su país siempre les produjo tristeza, Por eso cuando se instauró la II República decidieron abandonarlo todo, la seguridad del trabajo, una casa amplia y hermosa, la escuela… Mi abuela Felisa, que era una republicana empedernida, estaba embarazada y decidió dejarlo todo para dar a luz a su hija Rosa en una España republicana. He de decir que ella decidía casi todo, tenía un carácter fuerte y emprendedor. Volvieron a su país y empezaron de cero, pero el sueño duró poco tiempo. Durante la guerra, uno de mis tíos estuvo desaparecido. Al poco de terminar la guerra, la abuela fue encarcelada. A pesar de la  grave enfermedad que padecía, sufrió un trato denigrante y cruel. El cáncer avanzaba rápido, pero los meses eran lentos, demasiado lentos. Al poco de salir murió. Mucho tiempo después, fueron mi padre y mi madre los que acabaron en la cárcel de Carabanchel.  Yo no conocí nada de esto, pero siempre que íbamos a Francia mi padre, que era poco amigo de recordar batallas, no podía evitar hablar de ello. Creo que mi familia se salvó de tanta mediocridad y tristeza gracias al sentido del humor, el humor como arma de batalla frente a la opaca realidad, bisoña, cruel y cutre. Cada 14 de abril, mi otra abuela, Gregoria, abría una botella de vino dulce y cantaba durante horas y horas.  Recuerdo el aroma de las galletas que clandestinamente yo mojaba en el licor y la bronca posterior de mi abuela cuando comprobaba la moña que había cogido. Aunque siempre he sospechado que sabía lo que hacía y me dejaba hacer… Hoy abriré una botella de vino siciliano y me tomaré unas galletas y posiblemente las mojaré a escondidas en el vino dulce de Catania. Y brindaré por toda una generación que creyó en la República y por los que creen en ella, no desde el recuerdo ni la nostalgia, más bien desde el futuro.

Viñeta de Juan Kalvellido

Por todos y todas a las que robaron su futuro

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”   Luis Cernuda. . .

Homenaje 2

Homenaje

Charles Dickens, recordando sus paseos nocturnos en Paris y Londres

Flavorwire Exclusive: Charles Dickens Nightwalks Through Paris and London

Tomado de Flavorwire. By Jonathon Sturgeon on Apr 10, 2015 3:20pm

nightwalking_cover“In the dead of night, in spite of the electric lights and the remnants of nightlife, London is an alien city, especially if you are strolling through its lanes and thoroughfares alone,” writes Matthew Beaumont in the introduction to his Nightwalking: A Nocturnal History of London, out now from Verso Books. Well, do you know your city at night? And, if not: do you know it at all?

Chaucer and Shakespeare, Johnson and Blake, Wordsworth, De Quincey, and Dickens — all were nighttwalkers. And the joy of Beaumont’s book is the way it illuminates both literature and urban politics through the splendors and panics of their nighttime journeys. It’s a story that paradoxically meanders with a purpose, like a walk to nowhere in particular, from “the Middle Ages to the height of the gaslight era in the mid-nineteenth century.”

In the below excerpt, we learn about Charles Dickens’ maniacal nighttwalks through London and Paris, and the effect it likely had on his novels.

Ancient Secrets

In his delightful and profoundly insightful monograph on Dickens, [G.K.] Chesterton argued that the novelist’s originality and genius resided in the fact that he possessed, ‘in the most sacred and serious sense of the term, the key of the street’:

Few of us understand the street. Even when we step into it, as into a house or a room of strangers. Few of us see through the shining riddle of the street, the strange folk that belong to the street only — the street-walker or the street-Arab, the nomads who, generation after generation, have kept their ancient secrets in the full blaze of the sun. Of the street at night many of us know even less. The street at night is a great house locked up. But Dickens had, if ever man had, the key of the street; his stars were the lamps of the street; his hero was the man in the street. He could open the inmost door of his house – the door that leads into that secret passage which is lined with houses and roofed with stars.

Chesterton’s emphasis on the importance to Dickens of the street at night was perceptive. Dickens was quite as interested in the nomads that occupied the nocturnal city – the streetwalkers and the nightwalkers – as in those who occupied the diurnal one. He wanted to understand those who kept their ancient secrets beneath the cold light of the moon as well as the full blaze of the sun. Indeed, he was himself – in an ‘amateur way’, to use a characteristic formulation – one of these nomadic people. It was in the streets at night, and among its strange folk, that he sought the solution not only to the riddle of the modern city but to his own inscrutable, often secretive, existence.

It was probably in the late 1830s and early 1840s that Dickens first regularly walked at night in London. These were the years, so the historian Joachim Schlör claims, when night in the European metropolis first came to represent a distinctive challenge both for those who policed it and for the bourgeois imagination itself. From roughly 1840, faced with fears that emerged as a result of the rise of the so-called dangerous classes, ‘the complete city-dweller [had] to learn to master the night’. Schlör’s claim that, after this time, ‘night is more than simply a darker version of the day’, seems exaggerated.23 In the city, night had for centuries been socially, psychologically and even ontologically different to the day, as the career of the common nightwalker and his or her descendants indicated. But he is nonetheless right to emphasize a shift at this time, on the grounds that the night became a pressing social problem in the increasingly conflicted and contradictory centres of industrial capitalism.

As a young man, Dickens regularly strolled in the streets at night for purely companionable or sociable purposes. In his biography of Dickens, Fred Kaplan observes that in the late 1830s Dickens often socialized with Forster and their friend Daniel Maclise, and that together they frequently amused themselves with ‘dinners and drinks in city and county inns, rapid overnight trips to Kent, late-night walks through London streets, cigars, brandy, and conversation’. In this guise, exchanging ‘elaborate badinage, jokes about women, about eccentricities, about escapades’, they are not unlike Tom, Jerry and Logic in Pierce Egan’s Life in London (1821) This is Dickens the genial roisterer, who inhabited the populous, glittering streets of central London – illuminated in the hours after dusk by the innumerable gaslights that flared from shop windows – as if they were a comfortable, albeit brilliant, interior.

But Dickens was also beginning to roam at night with a darker, more solipsistic sense of purpose at this point – or, with a compulsive sense of purposelessness. It appears likely, for example, that at the start of the 1840s he first returned at night to the site of Warren’s, the blacking factory where he had laboured as a twelve-year-old child, labelling bottles, while his father served his prison sentence for debt. In the autobiographical fragment that Dickens wrote for Forster in 1847, he confirmed that, ‘in my walks at night I have walked there often, since then, and by degrees I have come to write this’. As in his subsequent recollections of loitering outside Maria Winter’s house, the activities of nightwalking and reconstructing decisive or even traumatic events from his past were curiously, elaborately intertwined (in this respect, as in others, he was like De Quincey). ‘I often forget in my dreams that I have a dear wife and children; even that I am a man’, Dickens wrote of the inexorable pull of the blacking factory, ‘and wander desolately back to that time of my life’. Both dreaming and nightwalking involved ‘wandering desolately back’ into the past.

Black Streets

Increasingly, too, nightwalking seems to have become instrumental to the business of writing, itself a compulsive activity for Dickens. It provided release – sometimes instantaneous, sometimes not – from the uncontainable sense of excitement or frustration he often felt during the composition of his fiction, the serial production of which exerted peculiarly intense demands on his psyche. On 2 January 1844, for example, Dickens wrote to his friend Cornelius Felton, Professor of Greek at Harvard University, informing him that he had sent a package to him by steamship containing a copy of A Christmas Carol (1843): ‘Over which Christmas Carol’, the novelist writes in the third person, ‘Charles Dickens wept and laughed, and wept again, and excited himself in a most extraordinary manner, in the composition; and thinking whereof, he walked about the black streets of London, fifteen and twenty miles, many a night when all the sober folks had gone to bed.’ It is as if, but for the freedom to roam through the ‘black streets of London’, the back streets of the city at night, he might have burst – like the boiler of the steamship that throbbed across the Atlantic with the book he had sent to Felton.

On the occasions when for one reason or another, during the composition of a book, Dickens could not pace freely about the metropolis at night, the absence of the ‘black streets’ crippled him. ‘Put me down on Waterloo-bridge at eight o’clock in the evening, with leave to roam about as long as I like, and I would come home, as you know, panting to go on’, he wrote to his confidant Forster from Genoa in 1844, when he was labouring on The Chimes (1844); ‘I am sadly strange as it is, and can’t settle.’ ‘He so missed his long night-walks before beginning anything’, commented Forster, ‘that he seemed, as he said, dumbfounded without them.’

Two years later, on the continent once again, Dickens’s ‘craving for streets’ became even more acute. At the end of August 1846, living with his family in Lausanne, where he was writing Dombey and Son (1848), he complained to Forster of ‘the absence of streets and numbers of figures’:

I can’t express how much I want these. It seems as if they supplied something to my brain, which it cannot bear, when busy, to lose. For a week or a fortnight I can write prodigiously in a retired place (as at Broadstairs), and a day in London sets me up again and starts me. But the toil and labour of writing, day after day, without that magic lantern, is IMMENSE!! … I only mention it as a curious fact, which I have never had an opportunity of finding out before. My figures seem disposed to stagnate without crowds about them. I wrote very little in Genoa (only the Chimes), and fancied myself conscious of some such influence there – but Lord! I had two miles of streets at least, lighted at night, to walk about in; and a great theatre to repair to, every night.

No one in the nineteenth century can have needed London quite as much as Dickens did. It was an addiction.

Dickens sickened when he did not have access to the phantasmagoric effects of the city – especially at night, when it was most like a magic lantern. In October 1846 he informed Forster of his delight at moving from Lausanne to Geneva, though he admitted that in the latter too he suffered from ‘occasional giddiness and headache’, which he confidently attributed ‘to the absence of streets’. Dickens subsisted on the lifeblood of the metropolitan city like a vampire, thriving on its streets and ‘figures’ as their energies ebbed after nightfall. Even in substantial, sociable urban centres such as Geneva and Genoa, which were extensively lighted at night, he felt claustrophobic because he did not have the same freedom to roam across considerable distances.

Paris, like London, offered Dickens relief from this sense of inhibition that seemed to paralyse both him and his characters. In another slightly desperate letter sent to Forster from Lausanne, this time in September 1846, at a time when he was deeply, painfully embroiled in the composition of Dombey and Son, he consoled himself with thoughts of the Parisian streets at night:

The absence of any accessible streets continues to worry me, now that I have so much to do, in a most singular manner. It is quite a little mental phenomenon. I should not walk in them in the day time, if they were here, I dare say: but at night I want them beyond description. I don’t seem to be able to get rid of my spectres unless I can lose them in crowds. However, as you say, there are streets in Paris, and good suggestive streets too; and trips to London will be nothing then.

On the night of his arrival in Paris, shortly after he sent this letter, Dickens escaped from the rest of the family, which had decamped to a small house in the Rue de Courcelles. As Forster reports, invoking Dickens’s adjective, he proceeded to take a ‘“colossal” walk about the city, of which the brilliancy and brightness almost frightened him’. Nightwalking was a territorial habit, one that enabled Dickens to orientate himself in the city, to realign the relationship between the metropolis and mental life. But it also offered a release from uncontainable emotions. In January 1847, he ‘slaughtered’ Paul Dombey, to use his term. ‘Then he walked through the streets of Paris until dawn’, as Peter Ackroyd reports. Thus he attempted to rid himself of one of his spectres. No doubt his nightwalk conjured up other ghosts — in the form of memories or fantasies — which he could not so easily escape or suppress.


London will be nothing then.

On the night of his arrival in Paris, shortly after he sent this letter, Dickens escaped from the rest of the family, which had decamped to a small house in the Rue de Courcelles. As Forster reports, invoking Dickens’s adjective, he proceeded to take a ‘“colossal” walk about the city, of which the brilliancy and brightness almost frightened him’. Nightwalking was a territorial habit, one that enabled Dickens to orientate himself in the city, to realign the relationship between the metropolis and mental life. But it also offered a release from uncontainable emotions. In January 1847, he ‘slaughtered’ Paul Dombey, to use his term. ‘Then he walked through the streets of Paris until dawn’, as Peter Ackroyd reports. Thus he attempted to rid himself of one of his spectres. No doubt his nightwalk conjured up other ghosts — in the form of memories or fantasies — which he could not so easily escape or suppress.

Más

Putearte 2ª toma

Originalmente publicado en putearte:

putearte2

PUTEARTE va a ser en su 2ª TOMA una exposición en la que más de una quincena de artistas plásticos zaragozanos aportan su obra en la línea de estos conceptos desde diferentes perspectivas, por los caminos de la descripción y la crítica. Será en la galería Victoria Almacén de Arte, calle San Vicente de paúl nº 28, siendo la inauguración el jueves 9 de abril a las 19.30 h. Se extenderá hasta el domingo 26 del mismo mes. Contará con la resurrección para la ocasión de un personaje querido por todos el día de la inauguración, de la cual informaremos puntualmente. En los sábados sucesivos estarán Alfonso DesentreHermanas del Hambre Franco Deterioro en formato dual.

Ver original 223 palabras más

“Regreso a Innisfree”

Llegar a casa y encontrar a Molly y Elrond enroscados en el libro “Regreso a Innisfree” y caer en la cuenta de que no he dicho nada sobre estos diez relatos, a pesar de tener la suerte de haberlos leído y disfrutado. “Regreso a Innisfree” se presenta el 8 de abril, miércoles, a las 20.00, en el Teatro Principal. El autor Chesús Yuste el editor Chusé Raúl Usón estarán acompañados por la escritora Eva Puyó y el actor, dramaturgo y poeta Mariano Anós, así como por la actriz Laya Cabré que leerá una escena. “Regreso a Innisfree y otros relatos irlandeses”, Chesús Yuste. (Xordica, Zaragoza, 2015).

Chesús libro

la foto(100)

Manoel de Oliveira, gracias por esos noventa años de buen cine.

Se nos ha ido uno de los grandes. Manoel de Oliveira, sobriedad y belleza. Del cine mudo al sonoro. 106 años fructíferos, no todos los directores pueden decir lo mismo. Descansa en paz.

Manoel de Oliveira

El cineasta portugués, Manoel de Oliveira, ha fallecido esta mañana a los 106 años de edad en su domicilio en Oporto, según una fuente de la familia. Considerado el cineasta más prestigioso de su país y uno de los más longevos del mundo, era uno de los pocos directores vivos en haber vivido la transición del cine mudo al cine sonoro y del cine en blanco y negro al de color.

Con más de 60 producciones a sus espaldas, actores internacionales como John Malkovich, Marcello Mastroianni o Catherine Denueve han estado dirigido por él. Ganador del León de Oro del Festival de Venecia por El zapato de raso en 1985 y de la Palma de Oro en Cannes en 2008.

Nacido en Oporto el 11 de diciembre de 1908 en el seno de una familia de holgada posición. Oliveira empezó en el cine actuando en un pequeño papel del cineasta italiano. Años más tarde, en 1931, debutaría tras las cámaras con El Duero, trabajo fluvial, cortometraje documental mudo. Para seguir leyendo pinchad aquí. Eldiario.es

Trabajó hasta los 105 años. Os dejo este vídeo donde su sentido del humor, ritmo y jovialidad me han imrpesionado.  Gracias, Manoel Oliveria, por tanta belleza y poesía.

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