Vegana, pero no muda. ¿Por qué molestamos?

Ana Teresa Barboza 3
Ana Teresa Barboza

De un sindicalista se espera que haga sindicalismo. De un activista antirracista se espera que denuncie casos de racismo, que trabaje para derribar la xenofobia. De una feminista se espera que muestre las desigualdades existentes, que le plante cara al patriarcado. De un ecologista se espera que se enfrente a la destrucción del medio ambiente. Y cuando no lo hacen, cuando un sindicalista, antirracista, feminista o ecologista no se comporta como tal, se le recrimina socialmente. Pero, cuando se trata de gente que lucha por los derechos de los animales, entonces molesta. Molesta que militen, que sean activistas, que muestren vídeos con investigaciones sobre la extrema crueldad de los mataderos. Molesta que recuerden cómo se hace el paté, cómo son los zoos y circos por dentro, cómo se obtienen las pieles para los abrigos, cómo se destruye la ética y el planeta con las macrogranjas de cerdos… Incluso a algunas feministas les inquieta que les recordemos los lazos que unen el vegetarianismo y el sufragismo, y hasta son capaces de darle la espalda a nuestra historia. Cuando mostramos el resultado de nuestro trabajo, hay mucha, pero mucha gente que nos llama pesadas, pesados, plastas: ya estás aquí otra vez, ¿no puedes ser vegana y muda? Sé lo que quieras, pero no hace falta que nos lo recuerdes. Demasiada buena gente espera de nosotras que seamos discretas, discretos.

Incluso hay un vídeo, que tiene cierta gracia, por cierto, en el que se muestra lo pelmas que podemos llegar a ser los veganos en la sociedad. Y claro que hay pesados y pesadas y gilipollas insufribles entre los defensores de los derechos de los animales. Auténticos impresentables, pero también los hay en todos los movimientos sociales. El de los derechos de los animales en general es un movimiento donde la gente se esfuerza contra viento y marea por informar, denunciar, plantar cara, sufrir, sí, sufrir descaros, malas contestaciones y mofas todos los días.  Yo lo recibo de mi entorno más cercano, incluso de un entorno amigo como puede ser compañeros donde hay coincidencia política, de gente de la literatura, de la poesía, de movimientos sociales donde me muevo.  Al final, detrás de cada chiste contra nuestra “pesadez” hay alguien con una doble vara de medir acojonante y una incoherencia digna de un premio Nobel.

Y oye, esto no va a ir a ningún sitio, pero me he quedado súper tranquila.

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