El horror que no cesa.

Hoy París está como Beirut, Teherán, Damasco o Gaza” dice Alessandro Zara. Lugares donde mueren inocentes cada día, donde se desangra la población. En días terribles como hoy leo a la periodista italiana Loretta Napoleoni para, además de horrorizarme, intentar conocer de dónde viene tanta destrucción de ida y vuelta, de ida y vuelta, de ida y vuelta…
Sí, hoy duele París, duele mucho.

Dejo aquí un texto de Mercedes Yusta Rodrigo, parisina de adopción, doctora en Historia y catedrática en la Universidad París VIII. Merece la pena leerlo.

“Estamos en estado de shock. Quienes amamos Paris, quienes vivimos en ella por un azar de nacimiento o de profesión o porque en un momento dado elegimos perseguir un sueño, una idea, y sabido es que Paris abre los brazos a soñadores e idealistas. Quienes la amamos y la odiamos a partes iguales, ciudad seductora y dura, en la que la vida cotidiana es un sport de combat. El pueblo de Paris es heterogéneo e imaginativo; agresivo y malhumorado también. Sin duda lo da el clima. Es un pueblo revolucionario, de manifestaciones y barricadas, siempre dispuesto a buscar la playa bajo los adoquines. Un pueblo que, a pesar de todo, inventa cada día maneras de vivir colectivamente. Un pueblo que ha sido atacado en aquello que tiene de más precioso y vital: su juventud y su art de vivre. El crimen es imperdonable: no lo perdonaremos.
Vivo en París porque me siento hija de la Ilustración. Con todos sus defectos, carencias e imperfecciones; a pesar de esos mismos ilustrados que “olvidaron” darnos cartas de ciudadanía a nosotras, las mujeres. La mía es la Ilustración de Madame du Châtelet y de Olympe de Gouges, hasta de Voltaire, a quien su Traité de la Tolérance redime de algunas otras cosas. También la de Théroigne de Méricourt, que salió a la calle armada y vestida de amazona a defender la Revolución. Gracias a ellas y a otras que vinieron después podemos aspirar a pensarnos como sujetos autónomos, a no vivir sometidas a ninguna alienación, religiosa, cultural, política o sexual.
La fuerza de odio que golpeó anoche es una de las formas más extremas de una voluntad anti-ilustrada, pero no la única. La mayor potencia que podemos enfrentarle es la de inventar nuevas formas de solidaridad y resistencia colectivas, de vivre ensemble. No va a faltar quien, tras los atentados, agite trapos nauseabundos y explote vergonzosamente el miedo y la rabia. Quien vuelva a estigmatizar categorías de población, quien invente nuevas formas de exclusión, quien acuse a los refugiados sirios, a las mujeres con velo, a los droitsdelhommistes, a los intelectuales de izquierdas vendidos al enemigo, a la mala conciencia poscolonial de Occidente. Y mientras, los comanditarios de los asesinatos reirán en la sombra porque ese es, también, el objetivo: hacernos vivir en el miedo y en el odio. No olvidemos nunca, ¡nunca! que el miedo y el rechazo del otro es el más eficaz combustible del fascismo”.

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