Callejero, de Chesús Yuste

Me ha gustado mucho este relato, describe una calle llena de vida de una ciudad que echo de menos con frecuencia… y además oculta cierto misterio, solo desvelado al final.

Callejero,  de Chesús Yuste

Como a Leopold Bloom, me gusta callejear por mi ciudad. Salgo del Trinity College y me detengo a observar a la hermosa Molly Malone, seductora con su carro de pescado y mejillones. Me encanta observarla, pero ahora está rodeada de turistas fotografiándose con su generoso escote y no puedo esperar. Llevo prisa. Esta noche regresaré junto a ella, pero ahora debo seguir mi camino. Enfilo Grafton Street, intentando sortear a los caminantes con sus voluminosas bolsas de compras. Perfumerías, boutiques de moda, restaurantes, tiendas de discos e incluso librerías, todo lo que puedas imaginar a derecha e izquierda. Pero lo más hermoso está en el centro: Me divierte atravesar el bullicio. A veces juego a esquivar a quienes se arremolinan en torno a los músicos que iluminan la calle. Ahora dos muchachas pelirrojas interpretan La Primavera de Vivaldi. Las notas de sus violines se mezclan un poco más allá con un melenudo que golpea las cuerdas de su guitarra eléctrica destrozando los éxitos de U2. Deberían quitarle puntos. Aprieto el paso y me coloco detrás de dos preciosidades de faldas cortas y piernas largas. De repente se detienen y casi las atropello. Han decidido atender a un grupo de voluntarios que recoge firmas contra una autopista que pretende atravesar la histórica colina de Tara. El gentío me impide quedarme con ellas y debo seguir calle abajo hasta que el aroma inconfundible del buen café del Bewley’s me secuestra por un momento. Sueño con una humeante taza, cuando me devuelve a la realidad un guerrero medieval que blande su espada contra mí. Me escabullo por los pelos y me dejo arrastrar en medio de una familia de turistas hasta la próxima parada, donde un anciano sin dientes proclama sobre una caja de madera, de whiskey sin duda, la pronta venida de Jesús de Nazaret. Sorteo a los viandantes y alcanzo el final de la calle. Enfrente veo la entrada del parque de St. Stephen y acelero. Me salto el semáforo en rojo aprovechando que no vienen coches y me interno por el verde. Aire puro por fin y en pleno centro de la ciudad. Un lujo para este país de bardos y rebeldes. Cuando me siento seguro, un hombre intenta agarrarme. Respondo con un bufido, arqueo mi lomo, erizo mi pelo y, maullando, me subo en dos saltos al árbol más cercano. ¡Qué pesados son estos humanos!

[Publicado el 23 de agosto de 2012 en Heraldo de Aragón.]

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