“Alguien bueno”, de Kirmen Uribe

Alguien bueno
del escritor Kirmen Uribe. Premio Nacional de Narrativa 2009                                       

En la playa de Saturrarán, en Mutriku, hubo una cárcel de mujeres en la posguerra. Allí murieron cientos de mujeres y niños. Fue una realidad largamente silenciada, casi nadie sabía, años más tarde, de aquella realidad. Ahora mismo, no hay ningún rastro del antiguo presidio. Donde antes había barracones y garitas, ahora hay un aparcamiento y un merendero. Tan solo una placa con la lista de las personas que murieron allí nos recuerda su oscuro pasado. En aquellos duros años, la gente del pueblo solía llevar comida a las presas. Era un acto totalmente solidario, porque apenas conocían a las personas allí recluidas. Los niños eran los encargados de llevar la comida a la cárcel. Sus madres les preparaban las tarteras con comida y solían ir caminando en grupo hasta la cárcel. Un día hablé con una de estas niñas. Me contó que muchas veces la comida no llegaba completa, pues hacían una parada de descanso por el camino y miraban dentro de las tarteras. Si era potaje, no lo probaban. Pero si eran croquetas, la mitad de ellas
desaparecían. Al fin y al cabo, los niños también pasaban hambre en aquella época. También me contó que sabían a qué monja le debían de dar la comida. “Todas eran malísimas, menos una”, me dijo. Y me habló de un joven soldado que les hacía la vista gorda, un soldado que, al final, acabó casándose con una muchacha de Mutriku. Aquella mujer, aquella niña que llevaba la comida a las presas, ya entrada en años, acabó su relato con una sentencia: “Siempre hay alguien bueno”.

Me gustó el punto de vista de aquella mujer. Cómo supo ver el lado humano de aquella monja y de aquel guardián. Aun en los momentos más duros, aun sabiendo que moría mucha gente en aquella cárcel. Supo ir más alláde aquel hábito blanco y de aquel uniforme verde oliva. David Grossman, escritor israelí comprometido con la paz en Oriente Medio, un escritor que perdió a su hijo mayor en la Segunda Guerra del Líbano cuando cumplía el servicio militar, escribió: “Para mí, el impulso primero que motiva la escritura es la voluntad de inventar y contar una historia, de conocerse. Pero cuanto más escribo, más siento la intensidad del impulso que se suma, colabora y completa la voluntad de conocer al otro desde su interior, la voluntad de sobreponerse al miedo que antes he mencionado, de intentar sentir de verdad qué significa ser otro, de conseguir percibir, y no solo por un instante, la fibra de la llama que arde en el interior del otro”.
Coincido completamente con David Grossman. He de confesar que esa voluntad de conocer al otro me llevó a escribir la novela Bilbao-New York-Bilbao, una novela en la que los personajes tratan de establecer nexos entre diferentes en las situaciones más difíciles. Tratan de encontrar aquello que los une, por encima de ideologías o visiones de país opuestas. Hay dos escenas de la novela que he tenido en mente durante estos últimos días. Primero, la escena en la que mi abuela materna, nacionalista, lee la prensa franquista a mi abuelo paterno, conservador, mientras este último yace en la cama enfermo de cáncer. “Pero qué sarta mentiras contáis. Nunca más te voy a volver a leer estas cosas”, le dice la abuela. Mi abuelo sonríe, pues sabe que la tarde siguiente allí volverá, como cada tarde, a leerle su periódico. Y sonríe, tal vez también, porque en el fondo sabe que a la abuela no le falta razón. Porque él mismo no se cree del todo lo que cuentan aquellos papeles y lo verdaderamente importante es estar con su consuegra, escuchar su voz y, por qué no, reír juntos. Aunque sean de bandos diferentes. La segunda escena que viene a mi mente es la del arquitecto Ricardo Bastida, que tras muchos años se encontró por la calle con la persona que lo delató, y le dijo con tranquilidad: “No te apures, el perdón será mi única venganza”.

Van pasando los días desde el anuncio del fin de la actividad de ETA. La emoción va dejando paso a la reflexión y a la esperanza. Al deseo de que sepamos cerrar bien este episodio de nuestra historia. No podemos fallar esta vez. Es importante que, como dice Grossman, tratemos de conocer al otro por dentro, que nos preguntemos por su situación, por sus sentimientos, por su visión de la vida. No es necesario que la compartamos, pero tratar de ponerse en la piel del otro es ya recorrer un trecho. En este sentido, es importante que, a partir de ahora, nadie se sienta desplazado, ignorado. Pienso que, por ejemplo, un gesto para con las víctimas de ETA por parte de la izquierda abertzale, y una revisión de la política penitenciaria (liberación de presos enfermos, acercamiento a su lugar de origen…) serían grandes pasos para rebajar la tensión, para empezar a caminar, poco a poco, hacia la reconciliación. Es importante que no se silencie lo que ha ocurrido. No puede pasar como con aquellas mujeres de Saturrarán. Pero, sin duda, también hace falta una visión como la de aquella niña que les llevaba la comida, una visión humana y conciliadora.

Hay un dicho vasco que dice que las brujas desaparecieron del País Vasco cuando en Mondragón comenzaron a fabricar armas. La tecnología trajo la destrucción de las viejas creencias. Pero yo me quedo con otra lectura. Las armas hicieron desaparecer la capacidad de imaginar otros mundos. Ahora que ya no hay armas podemos empezar a imaginar otra sociedad. Una sociedad libre y basada en el respeto al otro, donde nadie se sienta olvidado y donde nadie nunca tenga, nunca más, la tentación de coger las armas.

Para leer el orginal en Público, pinchad aquí

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