De caracoles, delincuentes y leyes de protección animal

Más de un@ se burlará de este post. Se trata de un texto muy personal. Algo así como salir del armario emocional, ese  lugar donde guardas recuerdos que a veces saltan, crecen y se transforman en textos, incluso se comparten.  Yes,  it is a very personal post.

Mi madre se encuentra con una antigua vecina. Tras los consabidos saludos, vienen las preguntas: ¿Qué tal tu hijo? Bien, contesta mi madre. Era un crío muy rico, tan cariñoso y cantarín, comenta la vecina, que pregunta por todos y todo, excepto por mí. Según mi madre, el vecindario nunca ha olvidado que les robara (liberara, diría yo) los caracoles que, metidos en una red, dejaban nuestros vecinos en el patio interior. Siempre me ha agobiado muchísimo ver a esos cientos de caracoles apretados unos contra otros en bolsas de rejilla. Me los imagino en el campo saliendo a tomar el fresco de la mañana y en un instante, cazados y metidos en una red sin comida ni agua durante días, para después ser arrojados vivos a una cazuela de agua hirviendo. Pocas cosas tan repugnantes guardo en mi memoria infantil como la de ver a mis tíos y primos con el babero, el palillo en la mano y la lengua fuera intentando enganchar al caracol cocido. ¡Dios, qué imagen más repugnante! Lo que no sabía es que en el barrio me llamaban la robacaracoles, incluso la delincuente. Y es que durante mucho tiempo me dediqué a buscar los escondites de los vecinos donde dejaban a los indefensos caracoles para devolverlos a un parque cercano. Una vez entré en la terraza de la  vecina del cuarto en misión libertadora, pero me quedé atascada entre los barrotes de las terrazas, horas y horas allí metida. ¡Fue patético!

Con los años perfeccioné la técnica, pero ya no eran caracoles, eran perros que dejaban atados sus dueños en fincas donde el desbordamiento del río iba a ahogarlos con toda seguridad. Gente que recogía sus enseres horas antes de que el río desbordara, pero que era incapaz de soltar la cuerda del perro atado al árbol.  No he tenido nunca ningún problema de tipo moral en entrar a propiedades privadas para rescatarlos. Lo difícil es acudir al cabo de unas horas a una sesión poética con barro en los zapatos y un nudo en la garganta . No, yo no soy la delincuente de caracoles de hace décadas, y ahora tampoco lo soy por traspasar lugares privados. Los delincuentes son ellos, los que atan a sus perros ante una avalancha de agua. Los delincuentes son los partidos que no permiten una LEY DE PROTECCIÓN ANIMAL que los proteja. ¡YA ESTÁ BIEN de esta España oscura, llena de ramalazos crueles, JODER!

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9 thoughts on “De caracoles, delincuentes y leyes de protección animal

  1. Supongo que en aquella época te pondrías el obligatorio antifaz justiciero…
    Toda la razón, hija, qué quieres que te diga. La gente sin corazón no merece ser tenida por gente.
    Besos.

  2. Me da mucha pena no haberte conocido en mi última visita poética a tu ciudad. Este blog es una joya y el texto que has subido es aromático, ético y bello.

    Un saludo,

  3. No sabes hasta que punto me identifico contigo. Por suerte existen personas como tú, con esa sensibilidad que yo comparto y que tantas lágrimas me ha costado desde la infancia. Besitos, cielo.

  4. Las macrogranjas, Marta, hay que empezar por ahí. Antes que por los toros. No sé si en otros países hay leyes de protección animal, pero si las hay deben de ser nada más que para proteger a las mascotas. Empecemos a defender a los bichos de las macrogranjas, tan degradados que no parecen seres vivos; la gente tendría que apoyar eso aunque solo fuera por defender la propia salud…

  5. Pues yo no me he reído, o bueno, sí que se me ha escapado alguna que otra sonrisilla, pero en ningún modo es una sonrisa de burla, sino todo lo contrario… también tengo mis pequeñas anécdotas sobre caracoles:
    tengo que reconocerlo: de pequeña era una de mis comidas favoritas :p, el día que había caracoles era una fiesta, me encantaba el caldo que se les hace a los caracoles (más que los caracoles en sí). En esta familia no hay una comida que les guste más, especialmente a mi rama paterna, así que en casa son frecuentes, aunque yo no los coma ya.
    El caso es que yo me ponía a llorar cuando veía a mi madre lavándolos para que soltaran la baba, y todos los que sacaba mi madre con la cáscara rota (no valían para comer) los cogía yo y los echaba a las macetas de mi abuela pensando que sobrevivirían (lo dije y lo repito: siempre he sido una niña muy tonta), pero luego me los comía (en fin, era una cría….), el sabor de ese caldo me encantaba.

    No obstante, luego si iba al campo o salía al patio y veía a un caracol, me gustaba cogerlo, ponerlo a andar sobre mi brazo, echarle harina para verlo comer… yo digo que los caracoles “me caen bien”.
    Finalmente una mañana (a lo tonto, han pasado años ya de eso), bajé a la cocina, vi los caracoles subidos a la tapa de cristal de la olla, cociéndose vivos… y ese día dije que no volvería a comer caracoles… a mi padre le dije que les había cogido manía porque me habían caído mal la última vez. A mi madre le conté la verdad, que me daban pena.
    En fin, no volví a comer caracoles… un día al ir al almorzar vi los caracoles y dije que yo quería otra cosa… al final decidí llegar a un punto intermedio con mis padres y me puse a migar pan un plato con el caldo, sin caracoles… pero mi padre me miró con esa cara especial que reserva sólo para cuando yo hago alguna cosa así, así que lo del caldo no lo volví a repetir (de todos modos, es el mismo caldo que se les hace a los espárragos, otra comida estrella de la casa, así que no lo echo de menos)…
    El caso es que tantos años de echar caracoles en las macetas de mi abuela (para mosqueo de mi abuela) ha hecho que una numerosa colonia de caracoles crezca en mi patio… ahora que soy yo la aficionada a las plantas sufro las consecuencias… si alguien con un cerebro caaz de razonar me llega a hacer los agujeros que me han hecho los caracoles en algunas de mis “intocables”, le pego un bocao en el párpado al muy vándalo, pero a los caracoles se lo perdono… salgo por la noche o después de la lluvia, los cojo y luego voy a un campillo cercano y los suelto por allí (cuando mi padre me ve con la bolsa de caracoles camino del campo me vuelve a poner esa cad

  6. Ooops, demasiado grande… bueno, que me vuelve a poner cara (no “cada”) de “no-te-digo-lo-que-pienso-porque-eres-mi-hija”… pero bueno, ya tengo costumbre XD
    Si no fuera porque ya hace tiempo que no tengo la excusa de la edad, todavía a veces les daría harina para verlos un rato comer, o me los pondría a trepar brazo arriba.
    Un beso.
    Rosa.

  7. Sobre los perros atados, triste, lamentable, horrible… otra muestra de la crueldad de un país donde los animales se atraviesan tradicionalmente con espadas o se les da el mismo valor que a los objetos.
    Igual suena muy bestia, pero a veces me entran ganas de que a más de uno le hicieran saber lo que se siente…
    Rosa.

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