Y si hiciéramos las cosas bien

Y si un día nos equivocáramos en Zaragoza, en Aragón y por error hiciéramos las cosas bien. Si las hiciéramos sin dividir en clases, sin categorías de primera, de segunda,  de tercera. Si lo importante no fueran los amig@s, ni sus empresas, ni las manías, ni la testosterona.  Si la gente no tuviera que irse fuera, triunfar lejos, para ser reconocido aquí.  Y si un día no fuera necesario reirle los chistes al listo o lista de turno. Y si un día la cultura no fuera una carrera de obstáculos llena de dinosaurios en cada esquina. Y si un día hiciéramos las cosas con ganas y bien. Por ejemplo: Un parque cuidado, un himno que apetezca entonar, una estación de tren y autobús que no te congele, un libro colectivo que no olvide su objetivo, que no tenga cicatrices entre sus páginas, ni castas, que no sea un tobogán de papel y palabras. Y si un día nos equivocáramos…

PD:  Subo este comentario de Mireya García porque me parece especialmente interesante. Poco a poco me recupero del frío intenso de la estación de tren. Y recuerdo a la gente que trabaja allí y  sus caras de hielo resignado. ¿Cómo podemos consentir algo así?

Me gustan tus palabras. Esa belleza para contar un hecho horrible y con olor a podredumbre.Me dijeron hace unos días que Zaragoza es la ciudad que se utiliza como conejillo de indias en España para implantar cualquier novedad. Nuestra capacidad de indiferencia es tal, que cualquier cambio empiezan implantándolo aquí para ver cómo reaccionamos y según el resultado, se va estableciendo luego en distintas ciudades.Yo creo que, desgraciadamente, nunca nos equivocaremos, Marta.                                                Mireya García


Labordeta y Zaragoza, por José Luis Melero Rivas

LABORDETA Y ZARAGOZA

por José Luis Melero Rivas.

He paseado mucho con José Antonio Labordeta por Zaragoza. Tanto, que casi cualquier rincón de la ciudad me trae su recuerdo. Algunas veces él me venía a buscar a la salida del trabajo, por la tarde, y me esperaba en la plaza Mariano Arregui, justo al lado de la Biblioteca de Aragón de la calle Doctor Cerrada. De ahí, subíamos paseando por el paseo Fernando el Católico hasta llegar a la plaza de San Francisco. En ocasiones, cuando el buen tiempo lo permitía, nos sentábamos en la terraza de uno de los dos cafés que hay en la parte derecha de la plaza, casi siempre en la del que está situado más próximo al quiosco de periódicos que fundara Antonio Vidal, pero muchas veces llegábamos hasta el Parque Grande, ese que ahora va a llevar su nombre, y allí descansábamos en alguno de sus bares, restaurantes o merenderos, preferiblemente en el Flandes y Fabiola. Incluso llegamos a Las Ocas algún día. Había veces que subíamos Sigue leyendo “Labordeta y Zaragoza, por José Luis Melero Rivas”