L’Osservatore Romano llega a Zaragoza

Igual que no debe haber pilotos de avión con vértigo, o vampiros al cuidado de bancos de sangre, tampoco debería haber críticos literarios con amnesia literaria, manías de largo recorrido y pajas políticas como dragones.  Un jueves más una página literaria me ha vuelto a morder. En esta ocasión era un artículo que hablaba sobre una biografía de Saramago, en realidad, hablaba de todo menos de Saramago.  El crítico hablaba de sí mismo, de sus prejuicios, de sus obsesiones anti-izquierdistas y de lo que le gusta o lo que le disgusta, como siempre. Pero qué pesado. Y ya van veinte reseñas, reseñas como fotocopias, como compresas de ira y rabia, como granos de pus o  pseudorrebeldia de metacrilato.   Esto pasa en Zaragoza, en sus periódicos, en sus Heraldos, en sus ranchos…

Empiezo a considerarme afortunada. Leo a gente con la que no compartiría ni una aceituna si tuviera ocasión, autores con los que discrepo en temas sociales o políticos, pero a los que adoro, respeto y valoro como escritor@s.  De derechas, de izquierdas, de Júpiter o de Juslibol. La literatura está por encima de manías y bisoñeces y, si encima se escribe sobre ello, con más razón.

Me lo han dicho mil veces, no publiques esto, no lo hagas, pero  el mordisco llegó al centro de gravedad permanente, justo el que hace que varíe lo que pienso de las cosas, de la gente.  Y es que hablaban de Saramago y eso duele, jode y  vuelve a doler.