Hasta siempre, Ada

He necesitado una semana para poder subir este post. Y necesitaré más para mitigar  el dolor por la ausencia de Ada, mi perra. Llegó a nuestras vidas hace doce años, envuelta en un abandono y mil tristezas, pero  nada más llegar a casa empezó a bailotear y a hacer todo tipo de movimientos graciosos, en un desesperado intento por resultar agradable, por ser acogida.  No hacía falta tanto esfuerzo, Ada, los afortunados hemos sido nosotros por tenerte a nuestro lado.  Entendimos tu obsesión por destrozar zapatos, calcetines y bragas, en especial las de puntilla. Comprendimos que había que alejarse de curas con sotanas y policías con uniforme, por alguna razón les ladrabas de manera lobezna. Nos entendimos siempre bien, muy bien.  Nadie en la vida se ha alegrado tanto al verme como tú. Diez veces podía entrar a casa y siempre me saludabas con saltos y alegrías varias. Has soportado estoicamente el repaso de textos y aullabas en color azul cuando un poema te gustaba. Si, por el contrario, el poema no era bueno, sabías como nadie hacerlo añicos.

Gracias por haber estado con nosotros, por dedicarnos tu tiempo, tu olfato salvaje y tu intuición interplanetaria. Gracias por saber lo bien y lo mal que estábamos sólo con mirarnos. Gracias por tantos años de amor en común. La casa está vacía, primero se fue Estrella, ahora tú.  En dos meses,  las dos rubias os habéis ido.  Sólo quiero decir que os quiero y os querré toda la vida.  Hasta siempre, Ada.