Presentación de «Marta», de Víctor Juan

Víctor Juan Borroy, mucha suerte con tu novela. Yo ando enredada en una segunda lectura del libro, de sus historias, de sus apéndices. Y desde luego lo recomiendo a los amig@s de este blog, es un libro excelente. Como siempre, no llegaré a tiempo para la presentación. Últimamente no llego a tiempo a nada.  Lo dicho, mucha suerte.

Portadores de Sueños, 24 de junio a las 20 horas.

Dejo aquí un fragmento.

«Javier fue el primer hombre que le habló –como sólo se habla a los 17 años– de sus ojos y de su boca, el primero que le dijo que la necesitaba para ser mejor y que la echaba permanentemente de menos… Javier fue el primer hombre que la desnudó. Luego la desnudaron otras manos, pero nadie le había escrito como le escribía Javier. Afortunadamente no le hizo caso cuando le pidió que le olvidara y que tirara todo lo que le había escrito. Aún guardaba en una carpeta, junto a sus colecciones de sobrecitos de azúcar y de jabones de hoteles, las cartas que él le escribía, las cartas que le leía mientras a ella se le desbocaba el corazón, las cartas que le hacían reír y llorar, le encendían una hoguera en el pecho, las cartas que inundaban de ternura sus ojos. Aquellas palabras le unieron para siempre a Javier. Él lo sabía.

–No recordarás el sabor de mi boca, ni cómo te estremecían mis caricias. Sólo recordarás estas palabras que te escribo.

Marta recordaba las palabras, no las olvidaría nunca. Se habían alojado en algún rincón de su cerebro junto a la memoria del calor de los besos».

«Cogió un vaso. Abrió la botella y se sirvió una generosa ración de güisqui de malta de dieciséis años. Quizá era injusto que se bebiera en un instante un licor que precisaba tanto tiempo de elaboración. No tenía remordimientos. «¿Dónde estaba yo hace dieciséis años? Da igual». Dejó la botella encima de la mesa, junto al teclado del ordenador. Marta le decía que le gustaba cómo sabía su boca cuando había tomado un güisqui con hielo. Eran sus primeros güisquis. Ahora prescindía del hielo como del azúcar en el café. Las cosas como son, la vida como viene. Nadie le decía cómo sabía su boca.

Tenía por delante una larga noche de escritura. No se sentía ni inquieto, ni dichoso, ni triste, ni entusiasmado, ni feliz. Escribir era su oficio. Era periodista como podría ser electricista, fontanero, cardiólogo, albañil, violinista o maestro. Estaba acostumbrado al insomnio del cazador de palabras. Había aprendido a esperar, a darle a cada frase el tiempo que le pedía. Afortunadamente, no tenía que publicar todos los días. Escribir de hoy para mañana es como trabajar en la sala de urgencias de un hospital. No concluía un reportaje, una entrevista o un artículo hasta que las palabras le devolvían la sensación de rotunda exactitud, la misma certeza que hace que un pintor deje de dar pinceladas sobre el lienzo o que un compositor no añada ni una nota ni un silencio más en el pentagrama de una melodía.

Se había convertido en un escritor esencial, minimalista. Componía textos desnudos, sin adornos que pudieran distraer al lector. Los últimos cuidados que prodigaba a sus artículos consistían en suprimir aquello que no era estrictamente necesario, en cepillar las palabras como el carpintero cepilla la madera. Lo que no es necesario, sobra».

«Javier fue el primer hombre que le habló –como sólo se habla a los 17 años– de sus ojos y de su boca, el primero que le dijo que la necesitaba para ser mejor y que la echaba permanentemente de menos… Javier fue el primer hombre que la desnudó. Luego la desnudaron otras manos, pero nadie le había escrito como le escribía Javier. Afortunadamente no le hizo caso cuando le pidió que le olvidara y que tirara todo lo que le había escrito. Aún guardaba en una carpeta, junto a sus colecciones de sobrecitos de azúcar y de jabones de hoteles, las cartas que él le escribía, las cartas que le leía mientras a ella se le desbocaba el corazón, las cartas que le hacían reír y llorar, le encendían una hoguera en el pecho, las cartas que inundaban de ternura sus ojos. Aquellas palabras le unieron para siempre a Javier. Él lo sabía.

–No recordarás el sabor de mi boca, ni cómo te estremecían mis caricias. Sólo recordarás estas palabras que te escribo.

Marta recordaba las palabras, no las olvidaría nunca. Se habían alojado en algún rincón de su cerebro junto a la memoria del calor de los besos».

«Cogió un vaso. Abrió la botella y se sirvió una generosa ración de güisqui de malta de dieciséis años. Quizá era injusto que se bebiera en un instante un licor que precisaba tanto tiempo de elaboración. No tenía remordimientos. «¿Dónde estaba yo hace dieciséis años? Da igual». Dejó la botella encima de la mesa, junto al teclado del ordenador. Marta le decía que le gustaba cómo sabía su boca cuando había tomado un güisqui con hielo. Eran sus primeros güisquis. Ahora prescindía del hielo como del azúcar en el café. Las cosas como son, la vida como viene. Nadie le decía cómo sabía su boca.

Tenía por delante una larga noche de escritura. No se sentía ni inquieto, ni dichoso, ni triste, ni entusiasmado, ni feliz. Escribir era su oficio. Era periodista como podría ser electricista, fontanero, cardiólogo, albañil, violinista o maestro. Estaba acostumbrado al insomnio del cazador de palabras. Había aprendido a esperar, a darle a cada frase el tiempo que le pedía. Afortunadamente, no tenía que publicar todos los días. Escribir de hoy para mañana es como trabajar en la sala de urgencias de un hospital. No concluía un reportaje, una entrevista o un artículo hasta que las palabras le devolvían la sensación de rotunda exactitud, la misma certeza que hace que un pintor deje de dar pinceladas sobre el lienzo o que un compositor no añada ni una nota ni un silencio más en el pentagrama de una melodía.

Se había convertido en un escritor esencial, minimalista. Componía textos desnudos, sin adornos que pudieran distraer al lector. Los últimos cuidados que prodigaba a sus artículos consistían en suprimir aquello que no era estrictamente necesario, en cepillar las palabras como el carpintero cepilla la madera. Lo que no es necesario, sobra».

Víctor Juan (Zaragoza, 1964) es profesor de la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de la Universidad de Zaragoza y dirige el Museo Pedagógico de Aragón. Tiene varios ensayos y decenas de artículos publicados sobre Historia de la Educación. Es autor de la novela Por escribir sus nombres (Prames, 2007) y del relato De portería a portería, que forma parte del libro de relatos colectivo Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza. Coordina Rolde. Revista de Cultura Aragonesa.


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