Marzo y yo, incompatibles y unidos

Marzo me asusta. Es un mes puntiagudo, con perfil de tormenta y aroma a desconcierto. En un mes de marzo despedí a mi padre y a una buena amiga. Marzo siempre ha sido el mes de las rupturas emocionales. Esta vez, marzo me ha regalado la operación de  mi perra Ada, treinta puntos y varios quistes, y también en marzo Estrella, mi gata,  ha sufrido dos trombosis. Cuando me miraban sobre la camilla de acero,  sentí arenas movedizas bajo los pies.  Lo digo en serio. La única vez que perdí el rumbo de las cosas fue en un mes de marzo. A estas alturas el mes me tiene acobardada, cansada, con ganas de dejar las cosas a su marcha y largarme en dirección contraria. Por ejemplo, zambullirme en el mes de mayo que siempre me ha sido favorable.  Pero este mes también tiene su lado bueno, en marzo nacieron dos excelentes amigas. Amigas de la infancia, “Las piscis”, somos tres, así nos llama Emilio Lacambra cuando nos ve aparecer en estas fechas por su santuario restaurante. Sí, porque yo resulta que también nací en marzo.También mi querido Franco Battiato, el día  23; más o menos para esa fecha la oscuridad escampa. No sé, cada uno tiene sus más y sus menos con las cosas, yo la tengo con el mes de marzo. Y si lo cuento es porque creo que así se alejará de mi calendario personal. Cosas mías, un desvarío personal pero transferible. Gracias por aguantar la chapa. Besos.

La dificultad de ser: Jean Cocteau

La dificultad de ser: Jean Cocteau, el hombre que comprendió el fracaso.

Por Juan Forn

La marquesa Casati pasaba inadvertida en todas las recepciones parisinas a las que iba hasta que decidió asombrar, no gustar. Extremó todas sus características a través del maquillaje, y ya no dijeron de ella: “Es insignificante”. Ahora decían: “Qué pena que una mujer tan espléndida se pintarrajee así”. La historia la cuenta Jean Cocteau, y ya se sabe que uno nunca habla tan certeramente de sí mismo como cuando cree que está hablando de otro. Jean Cocteau supo ser para el mundo la encarnación del genio o la frivolidad franceses, según desde dónde se lo mire: todo lo que hacía, lo hacía con gracia sin par. Y no fue poco: Cocteau dibujó, pintó, esculpió, escribió poesía, novelas, obras de teatro, hizo cine y óperas y hasta ballets (sin ser músico, ni coreógrafo). Hay quien lo ve como el primer artista en entender y explotar al máximo el poder de lo efímero, lo superficial, la polvareda de la repercusión mediática. Y hay quien lo ve como la primera víctima de esa trampa cazabobos. Lo cierto es que, desde que saltó a la fama a los veinte años, obedeciendo el pedido de Diaghilev (que le dijo: “Sorpréndame”), Cocteau no se dio un minuto de respiro en esa tarea, hasta que un día miró a su alrededor y descubrió que se había convertido en la reliquia de una era extinguida.

El tonto del colegio

La gente de teatro dice que Cocteau será inmortal por La voz humana, ese unipersonal de cuarenta minutos que escribió en 1930 en el que una mujer sola en un escenario habla por teléfono con su amante que la está dejando (aunque la supieron hacer famosamente Simone Signoret, Ingrid Bergman y Anna Magnani, la obra es especialmente imbatible cuando la encarna un gay). La gente de Más

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