“Mi familia y otros animales”: Óscar Sipán y Karpov

Iniciamos una serie de posts titulada “Mi familia y otros animales”, en homenaje al escritor y  naturalista  Gerald Durrell. Diversos personajes, escritores, fotógrafos, pintores, blogueros… irán pasando por aquí junto a su familia de cuatro patas o de cinco o las que sean.  Cultura y animales, pero sobre todo creación artística y respeto a los animales. Son muchos los autores que escriben alrededor de sus gatos y perros, que se sienten fascinados por su compañía.   Una buena amiga y excelente autora dice que su perro es su mejor público y que sus paseos matutinos con él son esenciales para relajarse y empezar a escribir cada día.

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Óscar Sipán Y Karpov

Empezamos con el escritor y editor Óscar Sipán y Karpov, una belleza de galgo que Óscar rescató de una situación extrema y al que por suerte adoptó. Óscar, además de generoso y tierno, posee un currículum literario abrumador y sin duda su pasión es escribir.   Karpov de adolescente adoraba comerse los libros de Dostoievski.

Óscar Sipán nació en Huesca, 1974.  Ha sido galardonado en numerosos certámenes literarios, entre los que destacan el VIII Certamen Literario Alfonso Martínez-Mena 2008, de Alhama de Murcia,  el XXXV Premio Ciudad de Villajoyosa 2007, IX Premio de Libro Ilustrado para Adultos 2006, que convoca la Diputación de Badajoz, el Premio “Don Alonso Quijano” 2006, Málaga, el XXXIII Premio Nacional José Calderón Escalada 2005, de Reinosa, Cantabria, el XVI Premio Nacional de la Asociación de la Prensa de Ávila 2005, el XLI Premio Internacional de Cuentos de Lena, Asturias, 2004, el Premio Dulce Chacón 2004,el Premio Letras Jóvenes 2003 y 2004, de Valladolid, el Premio Paradores de Turismo de España 2003, el Premio Odaluna de Novela 1998 de Albacete o el XVII Premio Isabel de Portugal 2002.

Es además autor de los libros “Rompiendo corazones con los dientes” (1998), “Pólvora Mojada” (Premio Isabel de Portugal 2003), “Leyendario” (2004), “Escupir sobre París” (2005), “Tornaviajes” (2006), “Guía de hoteles inventados” (2007), “Criaturas de agua” (2007) y “Avisos de derrota” (2008).

Premio de Guión de Cortometraje “Delegación del Gobierno en Aragón” 2008,  junto a Mario de los Santos.

El siguiente post es un relato bellísimo de Óscar Sipán.
NOTA:  A las pocas horas de subir este post el escritor Antonio Serrano Cueto informa de un nuevo premio de Óscar Sipán.  Lo podéis leer en su blog  “El baile de los Silenos”

Un relato de Óscar Sipán

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SIEMPRE OÍA RUIDOS detrás de la puerta –la puerta de salida de la trastienda-, pero nunca me atrevía a comprobar qué los provocaba. Algún gato revolviendo en la basura -pensaba. El negocio se estaba hundiendo, mi mujer llegaba tarde a casa y olía a colonia de hombre y supongo que yo me dejaba llevar, como un náufrago a la deriva, sin hacer que las cosas cambiasen. Las doce del mediodía y nadie había cruzado la puerta de entrada. Ni viajantes ni mormones. Ni siquiera a pedir cambios para el teléfono. Mi actitud era bastante pasiva. Me limitaba a ojear un libro muy aburrido, dejando que las horas cayeran del reloj. Y entonces volví a notar esos extraños ruidos en el callejón. Solté el libro sobre el mostrador y me adentré en la trastienda. Era un ruido bastante repulsivo y a su vez pausado. No rítmico, pero sí tenaz. Desagradable, esa era la palabra. Abrí la puerta de la trastienda lentamente. No esperaba encontrar nada interesante, pero me sorprendió ver a una viejecita de pelo canoso. Apartaba la basura con la punta de su bastón y recogía los cartones. Cuando terminó se limitó a meterlos en un saco de tela y, como pudo, se lo colocó a la espalda. No me miró, tal vez ni se percató de mi presencia. No sé por qué, de dónde surgió aquél impulso, pero decidí seguirla. Observé con ojos tranquilos cómo avanzaba arrastrando lentamente el pesado fardo y, por un momento, se deslizó por mi cabeza la idea de ayudarla. Pero pronto se desvaneció: la época de las buenas acciones ya había pasado.

Visitamos un para de callejones más y luego se adentró en un sórdido portal. Pegué la cara al cristal y pude observar cómo luchaba con las empinadas escaleras. Se encorvaba todo lo que daba de sí, haciendo grandes esfuerzos, pero el saco debía superarla en peso y acabó resbalando de sus manos. Bajó rodando a cámara lenta, hasta donde yo me encontraba. Y entonces vi la dureza de sus ojos y comprendí que éramos iguales, que nuestras vidas eran de goma, que por mucho que nos doblaran no nos romperíamos