Indispensable Pedro Casaldáliga (I)

Para Mamentxu, José Francisco y José Luis Terol

Cuando salgo de viaje hay tres cosas que siempre llevo encima: frutos secos, biodramina y un libro de Pedro Casaldáliga, claretiano, obispo jubilado, poeta y teólogo de la Liberación. Los frutos secos los llevo por la energía rápida y sana que proporcionan, la biodramina porque soy muy mareona, y a Pedro Casaldáliga porque me proporciona oxígeno y paz haya donde vaya y porque además es uno de los mejores poetas que conozco. Un día me molestó mucho que un amigo me dijera: “pero, si eres agnóstica, ¿por qué llevas siempre el  libro de un obispo?”  Mejor no reproduzco la contestación. No vale la pena.

Quien quiera escuchar la voz de un hombre “esencialmente bueno” que no se pierda el vídeo. Su voz y todo lo que dice es imprescindible, como el pan nuestro de cada día. Palabra de atea.

Subimos el comentario de Chesús Yuste sobre Pedro Casaldáliga.

Por cierto, ahora recuerdo una anécdota muy buena: Cuando los militares brasileños amenazaron a Pedro Casaldáliga, Obispo de Sao Félix do Araguia, por su denuncia contra la dictadura, Roma supo reaccionar: el Papa Pablo VI dijo quien toca a Pedro, toca a Pablo y tal vez por eso Casaldáliga salvó la vida. Eso sí, no pudo dejar Brasil por miedo a que no le permitieran volver a entrar; por eso, no pudo viajar a España para acompañar a su madre cuando murió.
Décadas después, fueron Juan Pablo I y su fiel Ratzinger (al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ministerio vaticano heredero de la Inquisición) los que se dedicaron a perseguir a los teólogos de la Liberación y a la mejor gente de la Iglesia Cas
aldáliga incluido.  Dom Pedro, como le llaman sus feligreses de Sao Felix.

Imprescindible Pedro Casaldáliga (II)

EL TIEMPO Y YO

I

La noche y yo luchamos
impotentes
y el gallo nos proclama
los round de este combate.
El día
caerá
como un decreto
sobre esta lucha sorda
y yo seguiré siendo
el mismo personaje
de antes de esta noche.

II


El día y yo reñimos
azorados
por las contadas horas
que van de seis a veinte.
Mientras la luz nos cubre, como un manto,
el miedo de llegar a no ser día.

III


La tarde y yo morimos
silenciosos.
La noche
caerá
como un decreto
sobre las hojas mudas
que olvidarán la gloria de esta tarde
y el paso de mis ojos.
Mañana serán otros
el día y los humanos.
(Si no tuviera fe para negar la muerte,
Quizá yo no tendría coraje de nombrarla).

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Poema de Pedro Casaldáliga