Stephen Spender II

cielo-y-mar.jpg

spspender.jpgStephen Spender es uno de los autores preferidos de Marta. Ella, que está fuera unos días, me dejó encargada de subir un post ya preparado sobre este autor en el día de su nacimiento, es decir hoy, 28 de febrero, pero yo me confundí y subí otro que está en el archivo desde hace tiempo. Para que no haya reprimendas lo subo ahora mismito, como homenaje a Stephen Spender y sobre todo para no oír más reniegos por el despiste. Parece ser que hay ciber-cafés hasta en las cavernas. Es un bello poema con una hermosa fotografía de los días felices del autor de «Ausencia y futuro» (editorial Visor) y de «Un mundo dentro del mundo» (editorial El Aleph).

Nota personal: Insisto, el mundo está lleno de piscis.

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MARINA

Hay días en que el feliz océano yace
cual arpa silente, bajo la tierra.
El atardecer dora sus cuerdas calladas
tornándolas en candente música para los ojos.
Sobre espejos suspendidos entre tensas y delgadas llamas
la playa, hacinada de rosas, caballos y afiladas torres,
camina sobre el agua, dejando ver el costillar de la arena.

La quietud del ardiente cielo cansa
y un suspiro, como de mujer, de tierra adentro,
tañe el instrumento con umbrosa mano
rasgando esas cuerdas con agudo graznido de gaviota,
campanada, o grito desde lejanas comarcas cercadas:
éstos, profundos como anclas, la sedante ola entierra.

Luego, desde la costa, dos mariposas revolotean
como errantes rosas silvestres, cruzando la dorada arena
en espirales de ebrios giros
hasta que caen en cielos donde la mar se refleja.
Se ahogan. Los pescadores comprenden
esas alas hundidas en ese sacrificio ritual

que recuerda leyendas de ahogadas ciudades submarinas.
¡Qué navegantes! ¡O, qué héroes, estrellas fugaces
de cascos emplumados, se han lanzado de alguna isla
y fueron por la mar tragados! Sus ojos
deformados por los deseos de la crueles olas
relucen cual monedas a través de la marea vislumbradas
mientras, arriba, aquella arpa se adueña de sus suspiros.

Stephen Spender (Trad. de Colin White)

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SEASCAPE

There are some days the happy ocean lies
Like an unfingered harp, below the land.
Afternoon guilds all the silent wires
Into a burning music for the eyes
On mirrors flashing between fine-strung fires
The shore, heaped up with roses, horses, spires
Wanders on water tall above ribbed sand.

The motionlessness of the hot sky tires
And a sigh, like a woman’s from inland,
Brushes the instrument with shadowy hand
Drawing across those wires some gull’s sharp cry
Or bell, or shout, from distant, hedged-in, shires;
These, deep as anchors, the hushing wave buries.

Then from the shore, two zig-zag butterflies
Like errant dog-roses cross the bright strand
Spiralling over waves in dizzy gyres
Until the fall in wet reflected skies.
They drown. Fishermen understand
Such wings sunk in such ritual sacrifice.

Remembering legends of undersea, drowned cities.
What voyagers, oh what heroes, flamed like pyres
With helmets plumed have set forth from some island
And them the seas engulfed. Their eyes
Distorted to the cruel waves desires,
Glitter with coins through the tide scarcely scanned,
While, far above, that harp assumes their sighs.