Maestros, niños y cisnes

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El relato que hoy subimos pertenece a Salomé Ballesteros y es fruto de su experiencia de larga duración como maestra, maestra vocacional, enfadada con el sistema educativo y preocupada por el futuro de sus alumn@s. Es una historia muy bella. Que la disfrutéis.

Los cisnes

de Salomé Ballesteros García.

“¡Qué hermoso estaba el campo! Era el verano; los trigos agitaban sus espigas de un amarillo magnífico: la avena estaba verde y en los prados el heno se levantaba en montones olorosos; la cigüeña se paseaba con sus largas patas rojas, hablando en egipcio, lengua que había aprendido de su señora madre. En torno de los campos y de las praderas, extendíanse grandes bosques cortados por lagos profundos.

Sí, ¡en verdad que estaba hermoso el campo!”

¡Y qué hermosas eran las palabras de Andersen! Pues bien, con la lectura de su Pato Feo, ante un auditorio de 24 niños de siete y ocho años inquietos, alborotadores y, aparentemente, desmotivados, comencé aquella tarde escolar. Leía empleando todos mis recursos dramáticos. Quería que los niños no se perdiesen ni una sola palabra, ni un solo momento de la historia. Pero fui perdiendo el entusiasmo a medida que avanzaba en la lectura y veía cómo los niños parecían estar, unos distraídos, otros aburridos y los menos interesados. Desmotivada yo misma, aceleré la velocidad lectora para acabar cuanto antes.

-¡No llega, ya no llega el mensaje de Ardensen ni la belleza de su literatura a los niños de hoy!, pensé. A la vez que cerraba el libro decepcionada y cansada.

Los niños esperaban los ejercicios de lectura comprensiva acostumbrados y con un gesto casi automatizado y resignado se dispusieron a responder las preguntas pertinentes.

-Vale, ahora vamos a hacer los ejercicios de después, dijeron.

-No, no, no vamos a hacer los ejercicios. Preguntad vosotros lo que queráis, añadí; temiendo encontrarme con una desganada respuesta a mi propuesta.

Podía haber provocado yo misma la reflexión sobre el derecho a ser diferentes o sobre las conductas de acoso, pero, intuitivamente, decidí no hacerlo. Si no salía espontáneamente, no salía.

¡Venga, venga! ¡Preguntad algo!, les gritaba por dentro.

Antes de que mi esperanza se perdiese del todo en el bosque de mi escepticismo, Mario desde el fondo del aula y apoyando con el gesto de sus manos su pregunta dijo:

-Pero vamos a ver: ¿Cómo llegó el huevo allí?

¡Bien!, pensé. ¡Qué pregunta tan magnífica!, ¡tan llena de posibilidades…! Los niños empezaban a vibrar, a querer preguntar y se fueron levantando unas cuantas manos; no eran muchas, pero era un buen comienzo. Creí que seguirían el camino abierto por Mario, pero de pronto Elena dijo:

-A ver, mirad, yo quiero saber por qué me huelen tan mal las zapatillas cuando me las quito, porque si piso una caca, no sé, limpio la suela de la zapatilla y ya está, pero…, no sé.

La pregunta provocó no pocas risas y mi más absoluta desesperación. Mientras tanto Alí se había quitado una de sus deportivas y se la acercó a Elena al tiempo que le decía: -Huele, huele.

Y… risas y más risas. Puse orden. Respondí a la pregunta de Elena y di por terminada la clase.

Camino a casa, los pensamientos sobre lo vivido me acompañaron. Quería entender algo de lo que había pasado: ¿cómo sienten ahora los niños?, ¿les llega la buena literatura?, ¿yo no había sabido interpretar bien el texto?, ¿habían notado mi desgana?…

Andersen y su patito feo habían terminado en una disertación sobre el olor de pies.

¡Qué desastre! Bueno, puede que mañana sea otro día, concluí.

A la mañana siguiente comenzamos con la asamblea. Elena pidió la palabra la primera y nos habló espontáneamente de su adopción, de cómo sus papás habían ido a la India a buscarla y de que se sabía diferente porque, según ella misma, no es ni blanca ni negra. También sabe que su papá y su mamá la quieren mucho.

Alí nació en España pero sus padres vinieron de África. Es negro y ha soportado más de una vez, que lo llamen despectivamente negro y que le digan que huele por serlo. Era el único niño de la clase que no tenía un ejemplar de El patito, así que le regalé el mío y en las lunas aladas de sus ojos vi todo el agradecimiento del mundo. Apenas intervenía en las asambleas, pero un día nos contó que había visto un cisne; le dije que yo también.

Quizá la preocupación de Elena por el olor de sus pies y el cisne de Alí tengan el mismo origen; no lo sé, sólo cuento lo que viví.

“Sí, en verdad que estaba hermoso el campo”.

A todos los cisnes del mundo.

.

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5 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Luisa
    Dic 23, 2007 @ 15:40:04

    Hermosa historia. Las escuelas con buenos maestros son un tesoro.

    Besos,

    Luisa

    Responder

  2. alba
    Dic 23, 2007 @ 18:56:22

    Aunque sean niños es difícil asimilar y aceptar abiertamente el dolor, por eso se crea la distracción, algunos pueden hablar al día siguiente otros necesitan más tiempo, hermosa historia.
    besos

    Responder

  3. martin
    Dic 24, 2007 @ 18:11:33

    magnifico

    Responder

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