Heredar una sombra

Foto: Hace unos días heredé una sombra. Le di la libertad inmediatamente, pero me sigue a todas partes. Cuando me vuelvo, disimula, aunque cada vez con más desgana. No volveré a aceptar jamás ninguna herencia, nunca sabes lo que puede pasar. Soñaba con heredar un castillo en Escocia, cien tartas de Lujuria Vegana, una casa en Taormina.  Pero jamas una sombra que encima no es precisamente la alegría de la huerta.Fotografía de Jack Welpott, uno de los grandes fotógrafos de la Generación de la Posguerra de la Segunda Guerra Mundial,

Hace unos días heredé una sombra. Le di la libertad inmediatamente, pero me sigue a todas partes. Cuando me vuelvo, disimula, aunque cada vez con más desgana. No volveré a aceptar jamás ninguna herencia, nunca sabes lo que puede pasar. Soñaba con heredar un castillo en Escocia, cien tartas de Lujuria Vegana, una casa en Taormina. Pero jamas una sombra que encima no es precisamente la alegría de la huerta.

 

Fotografía de Jack Welpott, uno de los grandes fotógrafos de la Generación de la Posguerra de la Segunda Guerra Mundial,

Amor y religión

Ella era católica, él protestante. Cuando murieron no les permitieron ser enterrados juntos. Toda una vida, hasta que llegó la muerte, hasta que llegó la religión. Pero nada es imposible, esas manos que surgen de las tumbas les permiten seguir unidos.  Un amor a prueba de crueldades obtusas.

Países Bajos, 1888

Tumba de una mujer católica y su marido protestante, que no se les permitía ser enterrados juntos. Países Bajos, 1888.

Callejeros, de Chesús Yuste

Grafton

Callejero

Un relato de Chesús Yuste

[Publicado el 23 de agosto de 2012 en Heraldo de Aragón.]

Como a Leopold Bloom, me gusta callejear por mi ciudad. Salgo del Trinity College y me detengo a observar a la hermosa Molly Malone, seductora con su carro de pescado y mejillones. Me encanta observarla, pero ahora está rodeada de turistas fotografiándose con su generoso escote y no puedo esperar. Llevo prisa. Esta noche regresaré junto a ella, pero ahora debo seguir mi camino. Enfilo Grafton Street, intentando sortear a los caminantes con sus voluminosas bolsas de compras. Perfumerías, boutiques de moda, restaurantes, tiendas de discos e incluso librerías, todo lo que puedas imaginar a derecha e izquierda. Pero lo más hermoso está en el centro: Me divierte atravesar el bullicio. A veces juego a esquivar a quienes se arremolinan en torno a los músicos que iluminan la calle. Ahora dos muchachas pelirrojas interpretan La Primavera de Vivaldi. Las notas de sus violines se mezclan un poco más allá con un melenudo que golpea las cuerdas de su guitarra eléctrica destrozando los éxitos de U2. Deberían quitarle puntos. Aprieto el paso y me coloco detrás de dos preciosidades de faldas cortas y piernas largas. De repente se detienen y casi las atropello. Han decidido atender a un grupo de voluntarios que recoge firmas contra una autopista que pretende atravesar la histórica colina de Tara. El gentío me impide quedarme con ellas y debo seguir calle abajo hasta que el aroma inconfundible del buen café del Bewley’s me secuestra por un momento. Sueño con una humeante taza, cuando me devuelve a la realidad un guerrero medieval que blande su espada contra mí. Me escabullo por los pelos y me dejo arrastrar en medio de una familia de turistas hasta la próxima parada, donde un anciano sin dientes proclama sobre una caja de madera, de whiskey sin duda, la pronta venida de Jesús de Nazaret. Sorteo a los viandantes y alcanzo el final de la calle. Enfrente veo la entrada del parque de St. Stephen y acelero. Me salto el semáforo en rojo aprovechando que no vienen coches y me interno por el verde. Aire puro por fin y en pleno centro de la ciudad. Un lujo para este país de bardos y rebeldes. Cuando me siento seguro, un hombre intenta agarrarme. Respondo con un bufido, arqueo mi lomo, erizo mi pelo y, maullando, me subo en dos saltos al árbol más cercano. ¡Qué pesados son estos humanos!

Sherpas, un poema

Sherpas niño

 Sherpas 2

Camino

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A pesar del camino andado, sus pies siempre han estado en el mismo lugar, en Khumjung, junto a la hoguera que de niño vigilaba ante la atenta mirada de la nieve. A veinte grados bajo cero, su nariz puede oler el vientre de la tormenta, sabe que el alud prepara el escenario y que hoy será día de refugio, de campamento, de espera.

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Está cansado de respirar tanto oxígeno crudo. Cansado de paladear siempre el mismo invierno. No quiere arrugarse entre escaladores jóvenes y neumonías viejas. No quiere vivir en un bucle de ocho mil metros de altura, bajo el parpado albino de un cielo acuchillado por temperaturas suicidas.

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Sueña que un día la montaña romperá el eslabón que por nacimiento les une, la cumbre dejará de ser su futuro y  por fin será libre, libre para viajar hasta tierras rojas y cálidas, donde saborear un sol libre de cristales.

 

La tormenta ha pasado, poco a poco se deshielan las horas. El sherpa que sueña con otros mundos observa al grupo equipado con pulcritud europea y empieza de nuevo el ascenso.

El sueño de otros es su salario, la hoguera de la infancia deberá esperar treinta jornadas más abajo, al final del verano.

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Texto de Marta Navarro García

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Testamento, de Franco Battiato

Me pasa como al escritor Juan José Millás, no puedo dejar de escuchar esta canción de Apriti Sesamo, el  último disco de Franco Battiato. Ay, esos conciertos maravillosos del pasado mes de marzo. ¿Quién pudiera repetir?

MI TESTAMENTO

 

Lego al que venga

la imparcialidad,

la voluntad de crecer y entender,

la mirada feroz e indulgente

para no ofender inútilmente.

 

Lego mis ejercicios

de respiración,

Cristo en el Evangelio,

habla de reencarnación.

 

Lego al amigo los años felices

de las más audaces reflexiones,

la libertad reciproca

de no tener ataduras.

 

Y me gustaba todo

de mi vida mortal

hasta el olor que le daban

los espárragos a la orina.

We ner die,

we were neve borne!

 

El tiempo perdido

quién sabe porqué,

no se podrá recuperar.

Los lenguajes urbanos se enlazan

y se confunden en lo cotidiano.

 

“No fuisteis hechos para vivir como bestias,

sino para perseguir virtud y conocimiento”

La idea de lo visible alerta

y mi esperanza espera.

 

Desde ramas desnudas

gotas de lluvia se desprenden

lentamente

mientras la urraca, encima

de un ciprés,

mira.

 

Qué pena que yo no sepa volar,

más la oscura caída en las sombras

me ha enseñado a remontar.

 

Y me gustaba todo

de mi vida mortal.

No nos hemos muerto nunca,

no hemos nacido jamás.

 

We never die,

we were never borne!

 

Texto de Franco Battiato y Manlio Sgalambro.

TESTAMENTO

Lascio agli eredi l’imparzialità,

la volontà di crescere e capire,

Uno sguardo feroce e indulgente,

per non offendere inutilmente.

 

Lascio i miei esercizi sulla respirazione,

Cristo nei vangeli parla di reincarnazione.

 

Lascio agli amici gli anni felici, delle più audaci riflessioni,

La libertà reciproca di non avere legami

 

… e mi piaceva tutto della mia vita mortale,

Anche l’odore che davano gli asparagi all’urina.

 

We never died,

We were never borne!

 

Il tempo perduto chissà perchè,

non si fa mai riprendere

I linguaggi urbani si intrecciano e si confondono nel quotidiano.

 

“fatti non foste per viver come bruti, ma per seguire virtude e conoscenza”…

L’idea del visibile alletta, la mia speranza aspetta.

 

Appese a rami spogli, gocce di pioggia si staccano con lentezza,

mentre una gazza, in cima ad un cipresso, guarda.

 

Peccato che io non sappia volare, ma le oscure cadute nel buio

Mi hanno insegnato a risalire.

 

E mi piaceva tutto della mia vita mortale, noi non siamo mai morti,

e non siamo mai nati.

 

We never died,

We were never borne!

Franco Battiato y Manlio Sgalambro

Así empieza “El contrato de los dioses”.

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Para Tai, Ankti  y Lua. Y que el viento nos lleve al mejor puerto.

EL CONTRATO DE LOS DIOSES

En 1989,  Ankti, Tai, Lua y yo coincidimos en la frontera con Templeland, un lugar de latidos oscuros, de lluvia mercenaria, invisible para el mundo, tangible para nosotros. Tai llegó desde Vietnam, Antki desde el desierto de Iowa, y Lua de la misteriosa Uganda. Ellos ocupaban la noche, yo el día.  Ellos a un lado del infierno, yo en el otro, cerca de la administración que no administra, pero que siempre reparte dosis de ayuda humanitaria con fecha de caducidad.  Tiempo y vida tejieron horas de belleza hostil.

Guardo de aquellos días un diario, poemas, algunas cicatrices  y el contrato que arrebaté a los dioses, justo antes de que el invierno nos mordiera con su habitual arrogancia.

Una noche, después de cruzar la frontera,  quemamos  juntos el incienso de los cementerios y prendimos en él nuestros miedos, el dolor antiguo que nos besaba, los días desdentados, las fechas de libertad que no llegaron nunca.

Todo se quemó en aquel fuego de abismos y caníbales. Todo menos este cuaderno de notas, poemas con piel de culebra y voz de epitafio. Sintaxis de un naufragio.

Empieza el viaje…

.

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PD: Fotografía de la película  Miracolo en Milano, deVittorio de Sica, con guión de Cesare Zavattini.

Texto del poemario inédito “EL contrato de los dioses”.

Charles Dickens

El invierno con Dickens sabe mejor.

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Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo….

HISTORIA DE DOS CIUDADES

Dios salve a la reina pero confunda su política.  De  la novela  Nuestro común amigo.

 ” El número de los malhechores no autoriza el crimen”.

Charles  Dickens

Poema “El sastre de las palabras” (very personal post)

A mi padre, sastre y optimista militante

El sastre de las palabras

El sastre de las palabras busca entre las telas la vocal más azul. Enhebra la aguja con un pensamiento largo y sueña con la geometría perfecta de los días sin coser.  Unos dedos cansados hilvana las horas y la solapa del cónsul del miedo. El traje debe estar listo antes de que llegue la nieve.

Pero las cosas, como las palabras y las personas, sienten la humillación de quienes las ignoran, y se organizan contra la dictadura de la tristeza. Los hilos de colores se rebelan contra el tergal y amenazan con un secuestro. Lo mismo pasa con las tizas y la máquina de coser.  El taller sufre una insurrección. El sastre de las palabras cree que  el botón de tréboles irlandeses podrá parar la hemorragia de la seda italiana y que los corchetes enmudecerán el bullicio de cientos de consonantes  indignadas.  El pobre ignora que un ejército de tijeras  le observa.  Sobre la mesa, miles de vocales insurgentes aúllan sin parar dejando una vendimia de versos en la habitación.

El cansancio ofrece una tregua al sastre. Sobre las seis de la tarde, abre la puerta del taller su hija, tiene unos doce años y una voz de chocolate con menta. Durante horas intenta convencer a su padre de la necesidad de una estrategia vietnamita, urgente, descarnada, sin rendiciones, pero las puntadas del traje y los ojos de su padre le recuerdan que la cárcel no es lugar para un sastre, ni para un alquimista, ni para un vendedor de helados y de sueños, ni para nadie.  Tras mucho discutir, ni el invierno ni el cónsul del miedo tendrán jamás su traje a tiempo.

A veces, la hija del sastre se despierta en mitad de la noche y recuerda  a su padre y aquellos días de ojales, batallas y palabras. Ahora tiene cuarenta y siete años, el taller está cerrado y un dolor a democracia escayolada envuelve la ciudad.

El sastre de las palabras descansa en tierra noble, sabe que los amigos le despidieron con una canción cómplice. Palabras rojas y telas rebeldes le acompañaron hasta el final. Un final chejoviano con aroma de cerezos y trabajadores incansables. Hoy es siempre. Hoy es te quiero.

Callejero, de Chesús Yuste

Me ha gustado mucho este relato, describe una calle llena de vida de una ciudad que echo de menos con frecuencia… y además oculta cierto misterio, solo desvelado al final.

Callejero,  de Chesús Yuste

Como a Leopold Bloom, me gusta callejear por mi ciudad. Salgo del Trinity College y me detengo a observar a la hermosa Molly Malone, seductora con su carro de pescado y mejillones. Me encanta observarla, pero ahora está rodeada de turistas fotografiándose con su generoso escote y no puedo esperar. Llevo prisa. Esta noche regresaré junto a ella, pero ahora debo seguir mi camino. Enfilo Grafton Street, intentando sortear a los caminantes con sus voluminosas bolsas de compras. Perfumerías, boutiques de moda, restaurantes, tiendas de discos e incluso librerías, todo lo que puedas imaginar a derecha e izquierda. Pero lo más hermoso está en el centro: Me divierte atravesar el bullicio. A veces juego a esquivar a quienes se arremolinan en torno a los músicos que iluminan la calle. Ahora dos muchachas pelirrojas interpretan La Primavera de Vivaldi. Las notas de sus violines se mezclan un poco más allá con un melenudo que golpea las cuerdas de su guitarra eléctrica destrozando los éxitos de U2. Deberían quitarle puntos. Aprieto el paso y me coloco detrás de dos preciosidades de faldas cortas y piernas largas. De repente se detienen y casi las atropello. Han decidido atender a un grupo de voluntarios que recoge firmas contra una autopista que pretende atravesar la histórica colina de Tara. El gentío me impide quedarme con ellas y debo seguir calle abajo hasta que el aroma inconfundible del buen café del Bewley’s me secuestra por un momento. Sueño con una humeante taza, cuando me devuelve a la realidad un guerrero medieval que blande su espada contra mí. Me escabullo por los pelos y me dejo arrastrar en medio de una familia de turistas hasta la próxima parada, donde un anciano sin dientes proclama sobre una caja de madera, de whiskey sin duda, la pronta venida de Jesús de Nazaret. Sorteo a los viandantes y alcanzo el final de la calle. Enfrente veo la entrada del parque de St. Stephen y acelero. Me salto el semáforo en rojo aprovechando que no vienen coches y me interno por el verde. Aire puro por fin y en pleno centro de la ciudad. Un lujo para este país de bardos y rebeldes. Cuando me siento seguro, un hombre intenta agarrarme. Respondo con un bufido, arqueo mi lomo, erizo mi pelo y, maullando, me subo en dos saltos al árbol más cercano. ¡Qué pesados son estos humanos!

[Publicado el 23 de agosto de 2012 en Heraldo de Aragón.]

Presentación de El libro de los Milagros

Estoy fuera de la ciudad y no podré acudir a la presentación de  El libro de los milagros, pero os sugiero que no os lo perdáis vosotr@s. El libro de los milagros viene acompañado  de su autora, Carme Tierz, y de la ilustradora de la cubierta y las estampas del interior, Sobelman Corta Pega y con un presentador de lujo, Mariano Anós, actor, director de teatro, poeta y muchas cosas más. Vaya, que es para no perdérselo.

Será el miércoles 25 de abril en la librería Pantera Rossa de Zaragoza a partir de las 19 horas.

Podéis leer más pinchando aquí.

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