Un relato de Óscar Sipán
31 mar 2009 6 comentarios
in Cuentos, Cultura, Librerías, Libros, Literatura
SIEMPRE OÍA RUIDOS detrás de la puerta -la puerta de salida de la trastienda-, pero nunca me atrevía a comprobar qué los provocaba. Algún gato revolviendo en la basura -pensaba. El negocio se estaba hundiendo, mi mujer llegaba tarde a casa y olía a colonia de hombre y supongo que yo me dejaba llevar, como un náufrago a la deriva, sin hacer que las cosas cambiasen. Las doce del mediodía y nadie había cruzado la puerta de entrada. Ni viajantes ni mormones. Ni siquiera a pedir cambios para el teléfono. Mi actitud era bastante pasiva. Me limitaba a ojear un libro muy aburrido, dejando que las horas cayeran del reloj. Y entonces volví a notar esos extraños ruidos en el callejón. Solté el libro sobre el mostrador y me adentré en la trastienda. Era un ruido bastante repulsivo y a su vez pausado. No rítmico, pero sí tenaz. Desagradable, esa era la palabra. Abrí la puerta de la trastienda lentamente. No esperaba encontrar nada interesante, pero me sorprendió ver a una viejecita de pelo canoso. Apartaba la basura con la punta de su bastón y recogía los cartones. Cuando terminó se limitó a meterlos en un saco de tela y, como pudo, se lo colocó a la espalda. No me miró, tal vez ni se percató de mi presencia. No sé por qué, de dónde surgió aquél impulso, pero decidí seguirla. Observé con ojos tranquilos cómo avanzaba arrastrando lentamente el pesado fardo y, por un momento, se deslizó por mi cabeza la idea de ayudarla. Pero pronto se desvaneció: la época de las buenas acciones ya había pasado.
Visitamos un para de callejones más y luego se adentró en un sórdido portal. Pegué la cara al cristal y pude observar cómo luchaba con las empinadas escaleras. Se encorvaba todo lo que daba de sí, haciendo grandes esfuerzos, pero el saco debía superarla en peso y acabó resbalando de sus manos. Bajó rodando a cámara lenta, hasta donde yo me encontraba. Y entonces vi la dureza de sus ojos y comprendí que éramos iguales, que nuestras vidas eran de goma, que por mucho que nos doblaran no nos romperíamos










mar 31, 2009 @ 09:56:27
Y acaba de quedar finalista en un certamen de microrrelatos. Tienes la información en mi blog. Un abrazo.
mar 31, 2009 @ 10:10:53
Gracias, Antonio. Te he dejado un comentario y he puesto un enlace a tu blog.
Un abrazo,
Marta
mar 31, 2009 @ 12:56:31
pues que me ha encantado saber de la existencia de Óscar (no lo conocía)… la fotografía con su perro es muy tierna, da gusto verlos a los dos en la barra del bar…. y me ha gustado el relato…
vamos, que me he quedado muy a gusto.
bicos,
abr 01, 2009 @ 12:12:04
Realmente es un texto excelente. Hay algo en él que engancha.
Como dices tú muchas veces, tomo nota y busco a este autor.
Un beso de
Lua
abr 01, 2009 @ 12:15:21
La idea de unir literatura y animales me parece genial.
La foto es preciosa. Cuando pienses en bailarinas y bailarines llámame, que estamos discriminados. Es una broma. Casi apetece escribir para estar aquí.
Más besos de Lua frente a una ventana que da al mar,
abr 05, 2009 @ 01:32:09
nuestras vidas eran de goma
flexibles para no rompernos. Este relato junto con microrrelatos que he tenido oportunidad de leer en otros blogs, me confirma mi gusto por su escritura.
Besos