Marcos Ana y una tarde topacio

Hay días que empiezan torcidos y acaban redondos y del mejor lado. Pues el pasado día 15 fue uno de esos estupendos días. A primera hora Sussa me recuerda que Marcos Ana presentaba un libro en Zaragoza. Ella estuvo en la presentación en Madrid en octubre pasado. Acudí al acto con mi madre y fue realmente una tarde inolvidable. Marcos Ana es un ángel, un joven de ochenta y siete años lleno de energía. Ni los veintitrés años de carcel, ni los dos años con una condena a muerte, ni el maltrato físico ni el psíquico, nada ha conseguido robarle su fuerza, la fuerza de un hombre esencialmente bueno. Un placer conversar con él, darle un abrazo largo y muy deseado. Salimos de allí con kilos de energía. Ay, cuánto se agradece encontrarse a gente así.

Hoy subimos un poema bellísimo y un texto del libro “Decidme cómo es un árbol”. Es un libro imprescindible. Lo recomendamos con el corazón. Primero lo leyó Sussa hace ya unos meses y me habló de él emocionada. Y yo esta noche la he pasado maravillosamente en vela leyendo las memorias de un ser excepcional, de un ángel. Lo dicho, un día de suerte. Y que vengan muchos más. Gracias Sussa por conseguir con tus seis llamadas sacarme de casa para ir a la presentación. Os lo recomendamos, comprad el libro y saboread las memorias de un hombre imprescindible y necesario. Sabemos que al joven Marcos Ana le gusta Internet, y además tiene la dirección de este blog. Como es probable que un día de éstos lea este post le enviamos un par de besos, que digo, doscientos besos. Seguro que te llegan y que sonríes…

Decidme cómo es un árbol

Me fascinaban los escaparates rebosantes de productos, las fruterías cargadas de aromas diversos, los letreros luminosos… En general la vida en la calle me atraía al extremo de pasarme los días deambulando de aquí para allá, envuelto en una nube de colores. Me fascinaba sobre todo caminar de noche, mirar al cielo estrellado que durante veintitrés años sólo pude ver a través del pequeño tragaluz de una celda.

Observaba también el vestuario de la gente, las modas más recientes, sobre todo en las mujeres, la nueva línea de los coches, el Metro, los anuncios luminosos de la Puerta del Sol y la Gran Vía.

Descubría nuevos placeres: sentarme en un velador a tomar un refresco, ver pasar la gente, ir al parque de El Retiro, mirar a las parejas de jóvenes enamorados, sentarme a las orillas del lago, ir recuperando, como un niño, la trama excitante de la vida.

En la prisión sólo en sueños volvía a la libertad, a los recuerdos perdidos. Tenía esa facilidad, casi era un profesor de sueños. Pero cuando llevaba ya veintiuno o veintidós años encarcelado, observé con desaliento que esos recuerdos se iban desdibujando y poco a poco desaparecían de mis sueños, hasta que la cárcel se impuso como única protagonista, en la noche y en el día de mi cautiverio.

En algunos de mis poemas aparece esa tristeza y el temor del olvido, la angustia de ir perdiendo el recuerdo de las cosas más elementales: la vida.

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