LA PESADILLA DE DARWIN (I)

nightmare.jpgLA PESADILLA DE DARWIN
(Darwin’s nightmare)
Dirección y guión: Hubert Sauper.
Coproducción de: Francia, Austria y Bélgica.
Duración: 107 min.
Género: Documental.
Fotografía: Hubert Sauper.

Nominada para los Oscars. Por supuesto, no ganó. En Hollywood te puedes sentar en su mesa, pero no comer del mismo plato. Y mucho menos si se trata del pescado de esta película. Supimos de este documental gracias a un amigo de la radio que nos habló muy bien de él. Cuando lo vimos, nos quedamos impactadas. Al principio cuesta entender el ritmo y la forma de narrar. Luego engancha totalmente. Desde entonces no dejamos de atosigar a amigos/as, novios/as, exnovios/as, familia y demás sufridores pidiéndoles que, cuando compren pescado, tengan a bien saber de dónde viene y el precio real que tiene. Le hemos pedido a Marta que escribiera un texto sobre el documental. Pero ha escrito un poema pequeño que, según ella, es fruto más bien de la ira que de la reflexión. Una amiga nos dijo: “ese pescado está muy lejos para que yo me preocupe”. Desde entonces nos fiamos poco de algunas buenas gentes.

SINOPSIS

En la década de los años 60, en el corazón de África, una nueva especie animal fue introducida en el Lago Victoria como un pequeño experimento científico. La perca del Nilo, resultó ser un voraz depredador que arrasó con todas las especies autóctonas de este gigantesco lago. El nuevo pez se multiplicó rápidamente, y hoy en día sus blancos filetes siguen siendo exportados alrededor del mundo. Enormes aviones de carga de la antigua Unión Soviética llegan diariamente para recoger los últimos cargamentos de pesca y, a cambio, descargan su mercan-cía… Kalashnikovs y munición para las innumerables guerras que tienen lugar en la parte central del continente. Esta explosiva industria multinacional de pescado y armas ha creado una desoladora alianza globalizada a orillas del lago tropical más grande del mundo: un ejército de pescadores locales, ejecutivos financieros internacionales, niños sin casa, ministros africanos, comisarios de la Unión Europea, prostitutas tanzanesas y pilotos rusos.

CRÍTICA por Tònia Pallejà

La otra guerra de los mundos: depredadores, globalización y cinismo

“La pesadilla de Darwin” tiene el mérito de explicar algo que no in-teresa a nadie, y el valor de seguir interesada en explicárselo a to-do el mundo. Porque el foco de atención de este modélico documental no es otro que África, cuna olvidada de la Humanidad, desti-no turístico de los privilegiados, pero, sobre todo, despensa y vertedero de las potencias blancas de Occidente que la han sumergido en un pozo de pobreza, guerra, corrupción y marginalidadin secula seculorum. La imagen que devuelve el espejo inevitablemente mo-esto del subdesarrollo no podría ser más nítida: es la falta de escrúpulos de aquellos que continúan expoliando a los más débiles a través de un nuevo orden de colonialismo, pero también la connivencia de los que la aprueban y la indiferencia de quienes, final-mente, apartan la mirada hacia otro lado. Es algo que a nadie le gusta escuchar, pero que no por ello deja de ser menos cierto: el Primer Mundo vive bien gracias a que en el Tercer Mundo se vive muy mal. Y es esa responsabilidad compartida lo que, en última instancia, tanto nos cuesta digerir.

Lo que nos cuenta Hubert Sauper bajo este oportunísimo título es una fábula terrorífica, más que audaz, salvaje, que trata precisa-mente sobre la evolución y la supervivencia del más fuerte a costa de los menos aventajados. En Tanzania, esa Naturaleza que dicta idénticas leyes para los animales y los hombres, ha servido una significativa metáfora envuelta en la ironía más despiadada. Durante los años sesen-ta, un pez exótico fue introducido en el Lago Victoria a modo de experimento científico a pequeña escala. La perca del Nilo resultó ser un feroz depredador para las especies autóctonas, a las que no tardó en arrasar, reproduciéndose a gran velocidad y amenazando el equilibrio ecológico de las extensas aguas. Sin embargo, la exquisita carne de aquel animal abrió un nuevo filón para las empresas extranjeras, y, en la actualidad, alrededor de la perca gira una industria multimillonaria que abastece a algunos países de Europa y Japón, donde este pescado es de con-sumo común. La exportación del producto enlatado en tierras africanas genera un constante tráfico de aviones rusos, que aterrizan en un rudimentario aeropuerto sembrado de esqueletos de otras na-ves accidentadas como consecuencia de la precariedad de las instalaciones —suena a chiste, pero no lo es: el flujo de vehículos es-tá en manos de un semáforo de bolsillo con el que el único responsable de la cabina de control sustituye una radio inutilizada—. A diario, esta flota, mayoritariamente ucraniana, parte con una carga de toneladas de pescado, pero la voz del periodista, siempre fuera de campo, interroga una y otra vez sobre la misma cuestión: lo que le inquieta no es el viaje de vuelta, sino aquello que llevan dentro de sus bodegas en el de ida. La respuesta pertenece también al fuera de campo, disimulada o evasiva, y no hace más que confirmar las sospechas: el comercio de la perca está ligado a la introducción de armamento, que se destina a las guerras vecinas de Sudán o El Congo. Pero, además, la cadena de la perca ha hecho florecer otro negocio residual: la presencia permanente de los pilotos ha dado sentido a la prostitución como solución de emergencia ante las penosas circunstancias que atraviesa el país. Son las mujeres tanzanesas que venden su compañía al personal aéreo por precios irrisorios, jugándose a menudo la vida entre hombres de paso a quienes nadie pedirá explicaciones si algo va mal.

No obstante, la más atroz de las paradojas servidas por la globalización está aún por llegar: la perca que ali-menta cada día a dos millones de personas en el exterior y engrosa las arcas de las multinacionales, mata literalmente de hambre a los habitantes de Tanzania. La gente que vive alrededor del lago tiene prohibido pescar para consumo privado para no perjudicar la venta, y la industrialización ha disparado los precios de este pescado hasta extremos tan inalcanzables para la población civil, que tienen que conformarse con comer sus desechos. Un camión transporta des-de la fábrica hasta los arrabales montañas de cabezas y raspas en estado de descomposición que otros se encargan de ahumar en extensos caballetes de madera, poniendo en peligro su salud por el ácido que se desprende. Se trata de una manufactura que discurre paralela a la de las factorías: la que cubre el mercado interior. Y suma y sigue, porque todavía existe un último eslabón más trágico, si cabe, que saca provecho del proceso de envasado. Con el plástico sobrante, los niños que malviven sin techo por las calles de Mwanza y Musoma, obtienen una cola líquida que inhalan para desconectar de una rutina de abusos sexuales y mendicidad.

Lamentablemente, las desgracias que desangran a Tanzania no se acaban aquí. Está también el azote periódico de la hambruna, la amenaza constante de los conflictos bélicos, y las ONGs, que han convertido la ayuda humanitaria en otra fuente de lucro, porque sus clientes son el hambre, la muerte y la enfermedad, y sin clientes no existe justificación. Está la plaga del SIDA, esos críos que acuden a la droga más pedestre, y está esa otra droga, la de la religión, con Jesucristos blanquísimos en Technicolor, cuyos ministros condenan el uso del preservativo porque es pecado, mientras lamentan la alarmante propagación del VIH. Y están, por último, las autoridades políticas y espirituales, preocupadas por la mala imagen que se pueda ofrecer en el exterior, porque ellos quieren, textualmente, “vender el país” y así no hay manera, frente a la hipocresía de los supervisores de la Unión Europea, que durante sus visitas de rigor dan el visto bueno a todo lo que ven y a lo que no ven… o prefieren no ver.

Sauper, director y guionista del proyecto, no deja títere con cabe-za en este fresco desgarrador que se va extendiendo ante nuestros ojos, porque, simple y llanamente, aquí hay muchos títeres, pero ya no queda ninguna cabeza que se pueda erguir con orgullo, ya sea por vergüenza o desesperación. Su historia es la del pez grande que devora al pequeño, una espiral de atrocidades que, como la pescadilla, se muerden la cola, y esa perca omnipresente como catalizador de ese otro depredador que es el hombre. Hay una escena que resume a la perfección el sentido alegórico de la película: un pez mecánico que cuelga del despacho del ufano di-rector de la fábrica canta el “Don’t worry, be happy” mientras se contonea. Es éste, por supuesto, un mensaje teñido de sarcasmo que va dirigido al Primer Mundo: aquí todo está bajo control. Más desarmante resulta, sin embargo, la actitud de los ciudadanos negros que, aun sumergidos en todas las adversidades posibles, no han perdido su capacidad para reír, soñar, luchar, solidarizarse… Nunca se lamentan, no maldicen, no gimotean; en cambio, agradecen tener todavía un trabajo y algo que llevarse a la boca al cabo del día. Se trata de la mayor lección de humildad y dignidad que un ser humano puede regalar a otro, y que contrasta con el fácil victi-mismo que aflora en las naciones desarrolladas a las primeras de cambio.

Haciendo de la escasez de medios una virtud, y siguiendo el hilo de sus propios descubrimientos, este soberbio film nos depara un discurso visual austero, oscuro, granuloso, sólo aparentemente errático, porque avanza en cículos concéntricos, si no viciosos, igual que el destino turbio y estancado de sus protagonistas, ampliando con cada nueva vuelta la perspectiva, profundizando en los temas y poniendo de relieve nuevos lazos. Como si trazara pinceladas aisladas, este realizador de origen tirolés nos acerca a la actividad alrededor del lago, a los ejecutivos y emplea-dos de las factorías, a la intimidad del personal aéreo y a sus chicas de recreo. La cámara pasea por las barracas de una comunidad integrada por pescadores y prostitutas, confinados en una isla como si fueran una suerte de leprosos sociales, para quienes la muerte es más cara que la vida; desciende a las calles desérticas que de noche se pueblan por esa infancia abocada al vagabundeo y la autodestrucción; se introduce en las reuniones de los altos estamentos y en las hogueras que congregan a los desposeídos en la playa. De los despachos a las chabolas, de la pista del aeropuerto al interior de las casas, del banquete de unos a las migas que re-cogen los otros, del paisaje natural al rostro humano. En este recorrido sórdido y grotesco surgen testimonios descorazonadores, como el del vigilante nocturno que ha conseguido el trabajo porque mataron a su antiguo compañero y se protege con un puñado de flechas de punta envenenada, el de la mujer desahuciada por el vi-rus a la que sólo le queda esperar a la muerte, o el de esa otra que se tapa el ojo que perdió y aguarda una operación que probable-mente no llegará. Pero son las escalofriantes escenas las que, en definitiva, se pegan a la boca del estómago y aniquilan cualquier atisbo de cinismo: esas manos y esos pies hundiéndose en los restos del pescado putrefacto que luego se comerán, donde los gusanos se confunden con el fango, son imposibles de olvidar. El resultado final de estos retazos, engañosamente inconexos, fatídicamente vinculados, es un paisaje dantesco ante el que uno no sabe si sentir asco o pedir perdón. Llamar notas de humor a ciertos momentos de distensión sería obsceno: la risa se queda congelada cuando nos damos cuenta de lo que la motiva.

Aun así, es el impecable trata-miento que se le ha dado a todo este material lo que aumenta su valía. “La pesadilla de Darwin” posee el rigor de la honestidad y la modestia: el autor cede todo el protagonismo posible a los afecta-dos a través de imágenes y conversaciones en estado puro, silencios que respiran, elocuentes miradas y gestos, apenas pautados por unos rótu-los que nos sitúan, subrayan o contrastan aquello que observamos y oímos. Pero, más allá de la fuerte impresión que genera, de sus contundentes revelaciones o de la denuncia que suscita, existe algo que hace de este documental, tan incómodo como de obligado visionado, un ejemplo a seguir. Sauper ha confeccionado un producto inteligente destinado a los que considera espectadores inteligentes, porque enseña sin juzgar, transmite sin manipular, pone en relación sin necesidad de colgar etiquetas, y secuestra el interés con contenidos y no con especias —no hay música, ni montajes efectistas, ni voces en off, que amenicen o sobredimensionen este brutal descenso a los infiernos—. Y encontrarse hoy en día con algo así, que rehuya el panfleto y sortee la tentación de complacer, para que cada uno extraiga luego su propia valoración, es un milagro. De hecho, el cojín de premios que lo respaldan —incluido el de Mejor Documental en los Premios del Cine Europeo son una nadería frente al incontestable aval que otorga la realidad desquiciante a la que nos aproxima. No hace falta recurrir a las ficciones alienígenas de Spielberg con las que comparte cartelera para asistir a la guerra de los mundos más perversa.

La conclusión no podría ser más pesimista. Pero si cambiar el curso de la Humanidad supera la utopía, abrumarnos por nuestra cuota de culpa es, como mínimo, impagable: “La pesadilla de Darwin” no sirve, ni mucho menos, para sentir lástima por los otros, si-no para sentir vergüenza de nosotros mismos. Sin ningún género de dudas, uno de los documentales más impactantes y memorables que se hayan podido ver, uno de los más necesarios y valiosos que se hayan podido producir. Por el arrojo y la lucidez con que nos implica a todos y cada uno, no cabe sino agradecerle la bofetada.

About these ads

6 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Alfredo
    abr 02, 2007 @ 09:16:47

    En efecto, grandísima película documental, tan estupenda como cruda y terrible es la realidad que demuestra. Yo paso de comer pescado congelado de ese que va en cajas, porque te lo venden como merluza o lenguado y luego es véte a saber qué (como pasaba con el fletán, que es parecido al lenguado y nos dan gato por liebre; pido perdón a los lectores vegetarianos). ¡Y aquí despotricamos conta el mejillón cebra!
    Qué injusto es el hombre con su lugar de nacimiento, qué paradoja cuando todos individualmente, creo, guardamos cariño al lugar que nos ve llegar al mundo. África ha pasado de ser el romántico destino de aventureros y exploradores del siglo XIX a la cloaca del mundo una vez producidas las teóricas independencias coloniales. Porque de independencia, nada de nada, sino más bien una reasignación de los elementos de control por parte de occidente con la mínima inversión de gasto económico y humano. Como escribe Henry Miller en “Trópico de Cáncer”, las cunas de la civilización son los pútridos vertederos del mundo. Y es que la cultura europea, de la que tanto nos vanagloriamos, viene de África, a través de Egipto y Grecia, y su foco central es Etiopía y el Valle del Rift, donde nació, y murió prematuramente, casi como un presagio, “Lucy”. No conocemos África, ni mucho ni poco, nada. Yo recomiendo “Ébano”, de R. Kapuscinski, o los libros de viajes de Javier Reverte para abrirnos un poco a la realidad y la historia del África subsahariana, pues sólo ha entrado en nuestra Historia, con esa soberbia y sentimiento de superioridad que caracteriza a occidente, cuando ha empezado a ser colonizada por blancos, con problemas blancos, con economía blanca y esclavistas blancos. Es decir, miles de años de olvido hasta que occidente la vio como un vasto lugar donde meter el cazo. Y así hasta ahora. No sabemos nada de sus legendarios reinos, sus guerras tribales, sus religiones, sus ritos, sus mitos, sus culturas, sus sociedades, nada, porque lo que nos interesa es la riqueza material que nos pueda dar. Pero hay datos para la reflexión. ¿Cuál es la tasa de suicidios de Sudán, Níger o el Congo? ¿Y la de Suecia o Japón? ¿Cuántos casos de depresión? ¿Y en EE.UU.? ¿Cuántas enfermedades mentales? ¿Y en Europa? La mera comprobación resulta sorprendente. La naturaleza encuentra mecanismos para vengarse, y es generosa dándonos la riqueza que nos pudrirá por dentro poco a poco sin que nos demos cuenta.
    Por otro lado, sería bueno un documental o un libro riguroso donde se hable del genocidio brutal de los belgas en el Congo, posesión personal del rey Leopoldo (ni siquiera colonia o provincia del país), donde se cometió el mayor genocidio, en números, de la historia (más de diez millones de muertos, más que Hitler con los judíos, o Stalin y sus gulags), supervisado, programado y alentado, entre otros, por el famoso explorador Henry Morton Stanley (sí sí, el de “el Dr. Livingstone, supongo?, que después de hacer preguntas estúpidas sucumbió a la vida de oropeles y poder y se convirtió en un despiadado tirano colonial). Brutalidad es una palabra que se queda corta para definirlo.
    De vez en cuando aparece un visionario que adelanta claves de hacia dónde va a ir el futuro. Y uno de ellos es Joseph Conrad en “El corazón de las tinieblas”. El horror del que habla Kurtz es el mismo que muestra este documental, el mismo que salpica aquí y allá toda África, sin que nos importe lo más mínimo. Eso sí, mientras no ponga en riesgo nuestro cómodo y consumista deambular por la vida, porque en ese caso enviaremos cascos azules que velen por la libertad custodiando nuestra riqueza allí. Da asco.
    Perdonad por la extensión. Besos.

    Responder

  2. entrenomadas
    abr 02, 2007 @ 19:51:17

    Alfredo, hijo,
    me has dejado sin words, estoy que no atino. Impresionante!!! Me dicen que te diga que tanto poderio necesita un blog, siempre y cuando no nos abandonen tus comentarios. Este blog sin ti estaría cojo. Hay un libro sobre los belgas en el Colgo y el asqueroso del Rey Leopoldo muy bueno. A ver si Julia me da el título. Seguro que lo conoces.
    Besos anticolonialistas de Julia, punkys de Ágata y vegetarianos por mi.

    Responder

  3. lulu
    may 28, 2007 @ 03:51:55

    en realidad es una pelicula basada en hechos reales, quien diria que la vida no es asi… la vida es como los pèscados en estado de descomposicion… asi o mas apestosa la pinche vida del ser humano, solo quiere lo mejor… pero nunca lo buscan que pobres somos de mentalidad

    Responder

  4. entrenomadas
    may 28, 2007 @ 06:57:05

    Sí, Lulu, tienes toda la razón. Y qué triste que esté basada en hechos reales.
    Un abrazo

    Responder

  5. Trackback: 30 segundos contra la pobreza « Entre nómadas
  6. Trackback: Speaker´s corner. Libre mercado « Entre nómadas

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

SubRED solidaria de Blogs en Internet, ¡UNETE!.

Anillo solidario

Entrenómadas en Flickr

Zaragoza Antitaurina 2013

Zaragoza Antitaurina 2013

Zaragoza Antitaurina 2013

Más fotos

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 564 seguidores

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 564 seguidores

%d personas les gusta esto: